Mundos paralelos

Bush
Bush

«Doctora, oiga, atravieso días de desguace emocional y tengo las percepciones algo confusas, pero hay gentes peor que yo. Escuché el otro día hablar, o me lo contaron, a SuSan (tidad) diciendo que España sufre un laicismo brutal comparable al de los años 30 y blablabá… Oiga, yo salgo a la calle y no veo ni conventos, ni iglesias en llamas… Es más, leo que el Estado (aconfesional) dedica miles de millones de euros a este credo (confesional). ¿Ah, que me dice usted que no haga caso, que es una vieja estrategia de SuSan para seguir pedaleando y llenando el cepillo? Me deja tranquilo, porque iba a ir a la comisaría a poner una denuncia contra los pirómanos y otra contra el autor del dicho tan español «vivir como un cura». Doctora, y, otra cosa, luego me dijeron que Bush dice que pá disidente él, que él siempre se opuso a la guerra de Irak; pues, oiga, menos mal que se opuso, porque si llega a estar a favor… Doctora, estoy fatal, pero quizá ellos lo están más. Está claro que vivimos en mundos paralelos, o para lelos, y que alguien necesita un tratamiento urgente. Qué lío. Usted decide.»

Leyes físicas: inercias y presiones

Cocido
Cocido

«Me creía tan listo, doctora, que pensaba que las leyes físicas no me afectaban. Pero vaya si lo hacen. Mi cuerpo se enfría y se calienta con las altas y las bajas presiones. Y ahí no acaba todo (que hasta ahí sería normal). Sufro la inercia: la propiedad de los cuerpos de resistirse al cambio del movimiento, es decir, «la resistencia al efecto de una fuerza que se ejerce sobre ellos. Como consecuencia, un cuerpo conserva su estado de reposo o movimiento uniforme en línea recta si no hay una fuerza actuando sobre él». Así pasa que cuando hay un frenazo o un acelerón, yo tiendo a darme el hostión; no entiendo estas brusquedades. También en numerosas ocasiones, con repetida frecuencia en las últimas semanas, veo que mi cabeza está sometida a tensiones raras. Ocurre como cuando hago un cocido en la olla exprés, que luego tengo que poner bajo el chorro de agua fría para equilibrar las presiones del interior y del exterior antes de poder abrir la tapa, feliz acontecimiento que se anuncia con el silbido del aire penetrando en el interior de cacharro. Me bulle la cabeza y me pego duchas, con todos los garbanzos del interior alborotados, pero no acabo de ver una salida y la presión en el interior aumenta. Que se me va la olla, vaya, y mis motivos tengo. Doctora, ¿es grave?»

Instantáneo

Café soluble
Café soluble

«Mis miedos y temores se diluyen de manera instantánea cuando estoy en este diván suyo, doctora, pero no del todo; siempre me queda un poso, como el café. Me despierto por la mañana y me abandono entera a un rápido instante de placer instantáneo, que desaparece de forma instantánea en cuanto pongo la radio con las noticias de los boletines, el primer bofetón automático de realidad. Con el agua de la ducha cayendo instantánea sobre mi cabeza repaso todas las cosas que debo hacer durante el día y no haré, pienso en todas las cosas que hice en mi vida hasta ahora y las que me quedan por hacer (¿las haré?). Cuando tengo algo de tiempo agarro la guitarra y grabo mis ocurrencias instantáneamente en un magnetofón casero, antes de salir a la calle. Tomo un café soluble con unos sobaos pasiegos y bajo las escaleras, para ser disuelta como un azucarillo en la multitud que viaja en el metro, instantáneamente, de un punto a otro de la ciudad. Antes de venir a la consulta estuve en el restaurante asiático de la esquina, recién reformado, al que antes iba mucho, y salí con una sensación agridulce porque la reforma no me acaba de convencer. Es la misma sensación, doctora, que tengo cuando estoy en este diván: lo echo de menos cuando no vengo a consulta, y lo echo de más cuando estoy aquí, porque aunque usted me alivia, no me acabo de curar del todo; todo en apenas un instante.»