El aplanamiento

Mapamundi plano
Mapamundi plano

Será por el efecto de las misteriosas leyes de la ética, la estética o la física cuántica, pero el mundo se aplana. Los objetos de antaño, hermosos en su tripudez, pierden las formas y se allanan: los platos hondos de ahora son casi planos; los orgullosos abdómenes de televisiones y monitores han perecido a manos de las asexuadas pantallas planas. Los cuerpos… Los cuerpos también se aplanan por las premisas del culto a la moda: pierden fuerza las turgencias, los muslos torneados y, ¡oh, dios!, las fabulosas barrigas de nuestros próceres que solían lucirse antes con orgullo. El aplanamiento llega a las ideas, a los conceptos y a los balances contables. Y al propio mundo que nos alberga: es sabido que el planeta, de tanto girar, se va achatando por los polos y ensanchando por el Ecuador. Quizá dentro de miles de años -es una conjetura: no estaremos aquí para contarlo- la Tierra habrá perdido toda su redondez para ser una especie de plato llano (al modo en que algunos solían representarla en la antigüedad) cuyo contenido se desbordará por los extremos, arrastrando hacia el vacío infinito a todo lo que se encuentre por delante, sin un dios al que asirse.

Historia de una gárgola

Gárgola
Gárgola

«No es mala cosa ser una gárgola en esta catedral. Es mi castigo y, al tiempo, mi satisfacción. En otra vida anterior, yo era una persona tóxica, siempre echando mierda sobre mis vecinos, difamándoles y calumniándoles. Y el tiempo, que acaba poniendo a cada uno en su lugar, me impuso una merecida condena. Al reencarnarme me convirtió en lo que ven: un ser terrorífico en la distancia corta, encaramado en esta cornisa. Después de ¿cuatrocientos años? aquí, me gusta derramar agua sobre los transeúntes de la hermosa flor de piedra que es esta villa. Tengo el honor, reconocido en una medalla de granito que me prendieron sobre el pecho, de ser la primera gárgola de los tejados del burgo que avista el nacimiento del sol. Agradezco sus rayos tempraneros, que calientan esta piel de piedra mía. Y luego veo con tristeza su marcha hasta el día siguiente. En invierno, el agua del día se convierte en hielo por la noche, y me arruga el rostro todavía más. Tales son los hitos de mi vida, en la que disfruto posando para las cámaras de turistas como usted, que me inmortalizó para siempre, al menos para otros cuatrocientos años más.»

Terrorífico ánsar

Mirada aviesa
Mirada aviesa

«Ahora que estoy mayor y se me caen las plumas, queridos hijos míos, os voy a contar un cuento, de cuando esta bandada la formábamos jóvenes frescos y dispuestos, con nuestras plumas recién estrenadas. Éramos tan felices, hasta que apareció él y algunos le designaron jefe, con esa mirada aviesa y esa pelusilla sobre el pico. Y todo el día pegando graznidos, y abrocando al personal, y haciendo de la mentira su práctica cotidiana. Le dimos boleto hace muuuucho tiempo, pero él se empeñó en seguir pontificando y difamando si hacía falta, y de cuando en cuando aparecía de golpe en los telediarios, aunque cuando lo hacía yo cambiaba de inmediato el canal para que no se os atragantara el filete ruso del susto. No sé por dónde volará ahora, si le habrán acogido en alguna casa de aves cansinas o habrá pasado a mejor vida, envenenado con su bilis. Qué ánsar tan pesado era aquel, queridos míos.»