Vapor en la noche

Tren de vapor
Tren de vapor

«Faltan sólo unos escasos minutos para que ese tren que veo desde la única ventana de mi casa que da al mundo llegue a su destino. Suelta una gran cantidad de vapor, y una estela a su paso anima, en la distancia, esta sosa noche de principios del siglo XX. Hace mucho frío; las volutas de vapor se dibujan a su alrededor como algodón de azúcar, desparramando su haz blanquecino en la oscuridad. El tren funde su último carbón en su estirada final, penetrando en la estación de esta capital de provincias. Y en el tercer vagón, en el coche cama que está detrás del coche restaurante, una pareja hace el amor despacio, con una cadencia que intenta acompasarse a la marcha del tren, ajena a la propia entrada de la máquina en la estación, ignorantes de que han llegado a su destino. No les turba siquiera el alboroto de los pasajeros de los compartimentos vecinos que recogen apresurados su equipaje. De su amor quizá nueve meses más tarde nazca una criatura morena, tiznada de carbón en recuerdo de aquella apasionada noche que ahora es sólo un recuerdo vaporoso.»

El delantero

Fútbol
Fútbol

«Un delantero jugaba por la izquierda. Tenía cintura, fuertes piernas, buena cabeza y facilidad para colocar la pelota. Recibía el aplauso del público, era feliz, y no se obnubilaba por el éxito. Había jugado ligas victoriosas, pero también sabía del sabor de la hiel; le costó mucho llegar aquí. Con el paso del tiempo, el partido se le ha ido complicando: no es fácil jugar en primera división. Ha habido gritos desde las gradas (desde los palcos sobre todo), árbitros impasibles y directivos de la competición que le han forzado a jugar por la derecha si quería que su equipo siguiera en la liga, nada más y nada menos. El delantero se resistió mucho tiempo, pero al final tuvo que ceder; amenazaron incluso con declararle fuera de juego si no lo hacía. Así que el delantero ha tenido que escorarse algo en su práctica, acometer sacrificios y someterse a lo que no le gusta, pero con la convicción y la confianza de que lo hace por el futuro, de que es un esfuerzo necesario para, una vez enderezado el juego, volver a su banda izquierda natural. Está muy triste y cariacontecido; se le nota la pesadumbre. Muchos de sus seguidores se han quedado sin aliento, preocupados por el delantero, en quien siguen confiando; conocen de su sacrificio y de lo doloroso de esta situación, y contemplan cómo, desde el gallinero, parece que en estos días grises el sol sale con más fuerza por la derecha del horizonte para ocultarse con celeridad por la izquierda con el declinar de las menguantes jornadas. Muchos comprenden y comparten el valiente esfuerzo del delantero por darle la vuelta a esta realidad, por difícil que ahora parezca, de que se haya hecho rápidamente tan de noche y de que en este terreno de juego haga tanto frío. ¡Ánimo!»

Stay in your bodies!

Confucio
Confucio

«(Ruido de sirenas, ulular y una voz a través de una potente megafonía). Entendimos la señal. La catástrofe ha llegado. No queda mucho tiempo. Ya decía Confucio (¿o era otro?) que cuanto mayor es el caos, más próxima está la solución. Que no cunda el pánico. Les rogamos por favor que permanezcan en sus cuerpos; que nadie aproveche para irse fuera de su envoltorio humano antes de tiempo, y menos todavía para introducirse en el cuerpo del que tienen al lado aprovechando la confusión y la risa histérica en estos últimos instantes de existencia. No, no jodan ahora; mantengan el decoro. Que los historiadores del futuro no digan que no desaparecimos con honor. Permanezcan en sus cuerpos hasta el estruendo final, insistimos. Es increíble; hay hasta turistas viendo el espectáculo y haciendo vídeos con el móvil, ignorantes a lo que sucede: a ver, ustedes, Please, stay in your bodies!»