Madrid ↔ Lisboa

Estación de Delicias
Estación de Delicias

Estamos de centenarios en esta gran, extraordinaria metrópoli de Madrid. Ha cumplido 100 años una de sus arterias principales, la más entrañable para muchos madrileñ@s y visitantes: la Gran Vía, que surgió como ansia de modernidad hace cien años en una ciudad entonces carente de semejantes ensanches. Y ha cumplido 30 años más que la Gran Vía, 130 nada menos, la vieja estación de tren de Delicias, hoy Museo del Ferrocarril, que en su origen daba servicio a las conexiones ferroviarias entre Madrid y Lisboa. Es un placer pasear por la Gran Vía y deleitarse con sus edificios, y también es una delicia hacerlo por la estación homónima y contemplar los viejos trenes, varados allí como veteranos navíos cansados de singladuras (visita ésta muy recomendable si tienen niñ@s, por cierto).  Madrid ↔ Lisboa. Qué mejor manera de hablar de ambas ciudades que desear que pronto, cuanto antes, entre en funcionamiento -se calcula que para 2013- el AVE que acerque y estreche los lazos entre las dos capitales ibéricas, que han pasado demasiado tiempo una de espaldas a la otra. Qué delicia será coger un tren de alta velocidad a la orilla del Manzanares y, a las pocas horas, contemplar el atardecer sobre el Mar da Palha de la bella ciudad portuguesa, diluyéndonos en él.

Tiempo de torrijas y descanso

Una torrija
Una torrija

Las rebanadas de buen pan se van empapando de leche azucarada, antes de pasar por huevo y sumergirse en el aceite de oliva caliente, ese elixir incomparable patrimonio de la cocina mediterránea. Vuelta y vuelta, evitando que se queden secas. Unos breves minutos de chisporroteo y salta la torrija de la sartén a la bandeja. Una vez tostadas, me gusta pintarlas con el almíbar que tengo preparado en un cacito y espolvorearlas de ¡más azúcar! y algo de canela. Ya va una buena remesa y no queda pan. Qué delicia. Me encantan las torrijas, y ahora es tiempo de ellas. Cuando se acabe esta fuente haré otra; ya dejaremos para más adelante la operación bikini; la lorza hay que cuidarla y engrasarla. Hasta a tres euros las venden en algunas pastelerías de Madrid; en esta fuente hay una pasta, pues.  Mientras me relamo de gusto con la que me acabo de zampar, imagino: ¿por qué no sustituir estos días las aburridas banderas de los edificios oficiales, que tenemos tan vistas, por grandes torrijas ondeantes, chorreando dulce? Los padres y madres alzarían a sus niños sobre sus hombros para coger un cacho de la bandera torrijera y dársela de comer a los pequeños; esa sí que sería una buena comunión con el ser de esta piel de toro, en la que tantos símbolos gastronómicos compartimos: pan, aceite, vino, queso… y torrijas de Semana Santa. Gracias de corazón a tod@s los que siguen este modesto bloc de notas (¡ya van casi 4.000 visitas!) y me animan con sus comentarios: buen descanso, si pueden, y hasta la vuelta. A quienes salgan, que vean paisajes que les ensanchen y endulcen el alma.

El Guernica

Guernica
Guernica

Ya se ha movido bastante. Comenzó su andadura en París, con motivo de la Exposición Universal de 1937, mostrando al mundo, desde el pabellón español, el horror de los bombardeos fascistas en la Guerra Civil. De allí pasó a Nueva York, a su Museo de Arte Moderno, con algunos otros viajes de por medio. De esa gran metrópoli, capital del mundo, regresó a esta gran otra ciudad que es Madrid, a los pocos años de la Transición democrática, en 1981, cumpliéndose así el deseo de Picasso de que esta obra no volviera a España mientras estuviera bajo el yugo y las flechas franquistas. Su primer hogar fue el Casón del Buen Retiro, frente al parque homónimo; y era grato dar un paseo por el parterre que está enfrente y pasar luego a echar una ojeada al cuadro. De allí lo movieron al Reina Sofía,en 1992. Así que, en efecto, mejor que no se mueva más, porque además, por su avanzada edad, presenta un delicado estado de salud. Total, sin necesidad de más mudanzas, es un cuadro que forma parte de la memoria colectiva y que decoró muchas de nuestras habitaciones de adolescentes, como un símbolo permante del horror de la guerra. El Guernica está bien donde está.