


Érase una vez dos colegios, separados por una calle, en el mismo barrio, cualquier barrio, qué más da. El primero, público; el segundo, concertado. Uno era, digamos, más multicultural, acorde con los múltiples tonos de la piel de la España contemporánea: había niños y niñas de múltiples orígenes, de aquí, pero también de allá, de allende los mares. Pero todos eran españoles, claro, que es algo que algunos olvidan. La ciudadanía está por encima de la piel. En el segundo colegio eran todos sólo de aquí; apenas había niños cuyos padres hubieran venido de fuera. Son dos mundos paralelos, que se desarrollan a un tiempo, y con tristeza. Los niños que se crían en el segundo colegio están creciendo en una burbuja irreal, y cuando se den de bruces en el futuro con una realidad multicultural quizá se pregunten qué ha pasado durante los años pasados. También los del primer colegio se podrán hacer las mismas preguntas. Quiénes les impiden que se mezclen, crezcan juntos y aprendan juntos. La Administración, la Comunidad de Madrid en este caso, tiene mucha responsabilidad en haber consagrado estos mundos separados. También muchos padres que no quieren que sus hijos se mezclen. Se están creando nuevos guetos ante nuestros ojos, y parece que nadie hace nada por evitarlos. Se están alimentando prejuicios muy peligrosos. Atención a la sociedad que se avecina. Este es un triste cuento y hasta podría ser un triste SOS desesperado. Ahora bien: seguro que muchos de estos padres luego cogerán a sus hij@s y les llevarán a conocer países extranjeros: «Es bueno que el niño conozca otras culturas». Cuánta hipocresía. Cuánto cinismo. Este es un triste cuento. Vaya tela. La cosa tiene cojones. Oh, yeah.

La vida, ese misterioso tránsito entre lo visible y lo invisible, que viene a describir el poeta Antonio Gamoneda en Arden las pérdidas (2003). La distancia que media entre el nacimiento y la muerte; «el olvido que seremos», como se titula el estremecedor libro que el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince publicó en 2007 para revivir la figura de su padre, asesinado por paramilitares de su país, tomando el título de un poema atribuido a Borges. La vida de todos, que se va extinguiendo conforme pasan los días; cada día que pasa es un día menos por vivir, aunque la llama de algunos nos siga siempre iluminando el camino. Carpe diem.