¡Stop ablación!

Waris Dirie
Waris Dirie

Este sábado es una jornada contra la barbarie que sigue imperando en muchas partes del mundo, y que se ceba -como ocurre con tantas otras cosas- con la mujer. Es el Día Internacional contra la Ablación, la inhumana mutilación genital femenina que afecta a millones de niñas y mujeres en nuestro planeta, a estas alturas de la historia, vulnerando cruelmente sus derechos. Esta práctica se da en nada menos que 24 países africanos -cristianos o musulmanes, que en esto el dios de unos y otros desprotege por igual a las mujeres-, y ha traspasado las fronteras del continente: es un riesgo que corren niñas de inmigrantes africanos en Europa. Quienes la practican alegan razones culturales para enmascarar tamaña bestialidad. No hay tradiciones que valgan, ni supuestas culturas milenarias, cuando lo que está en juego y debe prevalecer son los derechos humanos de las mujeres, de mujeres como una de las principales activistas contra esta lacra, la célebre ex modelo somalí Waris Dirie, que gestiona una fundación ad hoc y que proclamó, con toda la razón del mundo, que «si la mutilación femenina fuera un problema masculino, todo se hubiese resuelto ya». ¡Stop ablación!

Otro modelo económico

Un molinillosaurio
Un molinillosaurio

«Como el meteorito que se supone que acabó con los dinosaurios hace miles de años, así fue el estallido en forma de crisis económica mundial que se llevó por delante a los grúasaurios allá por el 2009 de nuestra era. Anidaban los grúasaurios en las grandes ciudades y en las costas; se alimentaban de especulación inmobiliaria, devorando terreno a carrillos llenos; engullían créditos hipotecarios con gula, y excretaban luego unas feas heces que a veces terminaban  en la cárcel. Pero la crisis los barrió del mapa, sí. Su extinción dejó el horizonte limpio de su presencia, en una imagen chocante cuando durante décadas habían sido la especie hegemónica doquiera que un humano dirigiera la mirada por encima de los tejados. Fue el fin de la economía liderada por el grúasaurio, y sobre sus restos en descomposición se comenzó a erigir un nuevo modelo, se supone que destinado a durar por más tiempo, y de manera más eficaz para la salud de los humanos, más sostenible como se decía en aquel entonces: así empezó la era del molinillosaurio. Pero esta es otra historia.»

¡Sigan al asesino!

Panama Jack
Panama Jack

«Sí, agente; lo que le digo. Era un tipo anodino, sin más; de unos setenta años; pelo blanco. Deambulaba ayer por los pasillos de la estación de metro de Legazpi, la mirada torva. Su comportamiento me hizo sospechar; siempre creo que todo el mundo es sospechoso de algo. Vencí mi miedo y pude mirar de reojo dentro de la pesada bolsa que portaba, cuando subí detrás de él en la escalera mecánica. Y ahí comprobé que yo estaba en lo cierto: la bolsa contenía un torso de un ingenio mecánico que identifiqué como el quemador de una caldera de gas, posiblemente destrozado a martillazos. No me cupo duda: este criminal había asesinado a su caldera, la había despedazado con saña y estaba repartiendo ahora los restos de su víctima por todo el metro de Madrid, para que no quedaran pruebas de su execrable crimen. Bueno, agente, tampoco es que me extrañe: la caldera de mi casa falló este crudo invierno más de una vez y mi mujer y yo también pensamos en asesinarla, aunque al final se impuso nuestro carácter, de natural compasivo, porque nuestra Saunier Duval es como si fuera de la familia. Pero lo del tipo este del metro… me inquietó, y por eso vine a la Comisaría a poner una denuncia. Una prueba de su, sin duda, naturaleza psicópata: la bolsa en la que portaba los restos mortales aún humeantes era de ¡Panamá Jack! ¿Dónde se ha visto algo semejante? ¡Por Dios, síganle la pista antes de que despedace a su siguiente víctima!»