Saber concentrado

Un Kindle
Un Kindle

El conocimiento tiende a concentrarse en estos tiempos contemporáneos. Pasamos de los estantes llenos de libros a los gadgets informáticos de hoy, que lo compendian todo en unos pocos centímetros cuadrados. Como las pastillas de caldo concentrado que al diluirse sueltan todos sus nutrientes, así está pasando también con el saber. El proceso comenzó con la irrupción de la informática en los hogares, en los años 80 del pasado siglo: de aquellos primeros ordenadores domésticos (recuerdo melancólico mi Sinclair ZX Spectrum, que era como una tableta de turrón), a los potentes portátiles que nos acompañan ahora y hacen de todo, excepto buñuelos de viento y croquetas de jamón. Del Commodore 64 al Kindle, el invento lector de Amazon del que estoy prendado y que ahora ve amenazada su supremacía en los fogones del libro electrónico por el iPad de Apple. El saber se condensa en estos aparatos, que al abrirse expanden su aroma por todo nuestro interior, como un tibio sopicaldo reconfortante.

Saludos en gallego

Castro de Baroña
Castro de Baroña

O saúdo hola escríbese en galego sen hache, como as ondas do mar que lamben as rías daquel canto atlántico nun ir e vir permanentes. Que caprichosa é a lingua galega para un castelanfalante. Un exemplo: cambia as cousas de xénero, alborotándoas quizais. Los árboles son as árbores; la miel, o mel; la sal, o sal. Así pois, ¡ola!, amigos e amigas de Lugo, de El Progreso -querid@s compañeir@s-, de Santiago, de A Coruña… Marchei hai anos pedindo que a vida vos fose grata; que o tempo non vos ensinase demasiado nin a dentadura, nin as ortodoncias. Espero que na maioría de casos fose así; noutros xa sei que a vida foi máis inxusta. Sígovos desexando o mellor, que a néboa non vos embace a alma, a pesar das dificultades cotiás, e que o sorriso aflore sempre no voso rostro; que a proa da vosa existencia siga surcando o mar co vento a favor. Unha aperta.

Germen totalitario

La cinta blanca
La cinta blanca

Si tienen tiempo para ir al cine y quieren pasarse dos horas y media aferrados a la silla, mientras a su alrededor cunde el desasosiego por lo que se ve -y no se ve- frente a sus ojos, hay una película ideal estos días en cartel: La cinta blanca (Das weiße Band, The White Ribbon), del director austriaco Michael Haneke, ganadora de la Palma de Oro del Festival de Cannes 2009. La obra, rodada en blanco y negro, se sitúa en los prolegómenos de la Primera Guerra Mundial, en algún lugar de Alemania, y deja entrever el totalitarismo moral de una sociedad enferma que se ceba con los débiles y que dio paso luego a la monstruosidad histórica que fue el nazismo. Deja entrever, porque lo peor es lo que no se ve y que luego sigue bullendo en el interior del espectador cuando abandona la sala, cuando esa cinta blanca que simboliza la pureza y la virtud se ciñe alrededor del cuello de quien la ha visto. Está ambientada en Alemania, sí, pero podría estarla en otros muchos lugares que han padecido horrores semejantes. Suscita muchas preguntas -sobre el yugo de la religión, sobre los planteamientos morales asfixiantes…-, pero no da respuestas. No les dejará indiferentes.