Cultura de cortapega

Tijeras
Tijeras

Bueno, lo de Gaspar Llamazares tampoco es para tanto. Simplemente es degradar a chapuza el milenario arte del cortapega (control equis, control uve) que el ser humano viene empleando en su devenir creador desde el origen del mundo. Citemos un primer ejemplo: según el Antiguo Testamento, Dios creó a Eva (vaya por dios, ¿y no podía ser al contrario?) a partir de una costilla de Adán. O sea, un claro caso primigenio de cortapega sin anestesia. Desde ese momento fundacional, en la cultura humana se impuso la moda del cortapega para erigir, por ejemplo, edificios (vean los capiteles de la mezquita de Córdoba, procedentes de edificios romanos, visigodos… junto con otros de factura propia; un sublime cortapega), además de para promover todo tipo de creaciones. En la era digital, el cortapega se ha convertido en el espíritu creador por excelencia, y se emplea para componer relatos, canciones pop y hasta apuntes de filosofía. También el cortapega está en nuestro ser, integrado por cachitos de ADN procedentes de la caprichosa herencia genética que nos legan nuestros ancestros, arrojando cortapegados de mejor o peor factura. Así que, en definitiva, no hay nada de lo que asombrarse. Una pregunta final para el ignoto ilustrador del FBI que pergeñó el rostro de Bin Laden cortapegando el del político español de Izquierda Unida: ¿cómo compondría el retrato robot de Dios en el improbable caso, dios no lo quiera, de que declararan al Altísimo en busca y captura? ¿Buscaría el flequillo de un diputado de izquierdas en Google para componer la foto? ¿O le clavaría la melena de una parlamentaria de derechas?

Viejo profesor

Tierno Galván
Tierno Galván

Van 24 años desde su muerte. Se fue rodeado del afecto de miles de personas que convirtieron su sepelio en una sobrecogedora manifestación de duelo popular tras la recuperación de la democracia. Gobernó Madrid desde la izquierda; le sacudió la caspa acumulada por tantos años de dictadura, en plena movida madrileña. Le devolvió el orgullo de ser una extraordinaria capital, sin olvidarse de los barrios, como el mío natal de Carabanchel Alto, a los que dotó de alumbrado, asfalto, parques, centros culturales y educativos. Sí, cosas que ahora parece que llevan toda la vida con nosotros, pero que eran una utopía cuando muchas de estas barriadas de aluvión crecieron sin planificación alguna durante el desarrollismo franquista. Planteó su cargo con socarronería y proximidad ciudadana; era frecuente verle en fiestas y celebraciones de la periferia de la villa, en inauguraciones como la de la biblioteca de Carabanchel Alto, que decoró sus muros con una de sus sentencias: «A la igualdad por la cultura». Me acuerdo dal adolescente conmovido que vio pasar su coche fúnebre por la Puerta de Alcalá y que, tras decirle hasta siempre, se fue con unos colegas a tomar unas litronas y a recordarle a los Jardines de Sabatini. Cuánto se te añora, querido viejo profesor, querido Enrique Tierno Galván.

Mi marido no me toca

Dedos
Dedos

«Mi marido no me toca. Ni me roza siquiera. Al soso ése lo único que le apasiona es la electrónica, la informática y la domótica. Qué pirado. Sus dedos sólo se posan sobre las pantallas táctiles de los innumerables cacharros que se va comprando: primero un monitor de no sé cuántas pulgadas; luego un teléfono de última generación; a continuación una nevera con un plasma integrado; más tarde el condenado GPS para el coche, que no para de hablar… Sólo tiene ojos y dedos para sus paridas electrónicas, en las que se gasta un dineral, y a mí me tiene abandonada. Lo he pasado mal, pero últimamente estoy mejor. Se le averió uno de sus jodidos juguetes y vino a revisarlo a casa el técnico de la compañía. Él tontolculo de mi marido no estaba, y me pude deleitar con el mimo con que el especialista reparaba el aparato aquel. Las yemas de sus dedos empalmando cablecitos y soldando circuitos integrados, sus manos ágiles enroscando tuerquecillas. Me volvió loca. Desde aquella visita me dedico a provocar averías en los putos cacharros de mi por -poco tiempo- todavía esposo, para que el técnico tenga que volver una y otra vez.»