Aterciopelando la rutina

Guitarra
Guitarra

Cualquier vagón del metro de Madrid un lunes a primera hora de la mañana es un mar de rostros adormilados, de gentes todavía embotadas que van con cara de pocos amigos a encontrarse con su práctica cotidiana después del fin de semana. Por eso se agradece que haya otras gentes que también retoman su contacto con la semana apostadas en un rincón del intercambiador de transportes, interpretando un bolero, tocando una pieza de música clásica en su violín o rasgueando en su guitarra los acordes del Concierto de Aranjuez con un toque blusero. Son los artistas anónimos que a cambio de unas monedas y una sonrisa -de quien se las quiere dar- hacen más cómodo el aterrizaje en la pista de lo cotidiano, colorean los días grises, aterciopelan con su música las de por sí desabridas paredes del metro y de la vuelta a la rutina.

Lecturas de domingo

Periódico
Periódico

«Mi mujer empieza el periódico por detrás, como si fuera un libro árabe. Sí, lo abre por la contraportada, se remonta por las secciones de cultura, sociedad… y cuando llega a la parte de política lo deja sobre la mesa. Yo lo hago justo al revés: empiezo por la portada, me detengo en política, y conforme me aproximo a otros territorios lo dejo sobre la mesa. Los contrarios se atraen, ya sabe, doctor. El caso es que he intentado emularla, e incluso he llevado mi devoción por ella a leer la sección que más me gusta, la de política, al revés, de derecha a izquierda, por ver si encuentro algún mensaje secreto (como en tiempos se hacía con los discos de los Beatles) que pueda descifrar para hacerme famoso. Pero lo único que consigo, especialmente cuando leo las últimas «declaraciones» e insinuaciones del Partido Popular sobre inmigración, es agarrar un tremendo dolor de cabeza. Se me calienta mucho el cráneo de constatar cómo la derecha vuelve a hacer un uso partidista de este asunto tan delicado para arrebañar unos votos. ¿Es grave, doctor? No, no lo mío; lo de Mariano Rajoy.»

Terrorífico ánsar

Mirada aviesa
Mirada aviesa

«Ahora que estoy mayor y se me caen las plumas, queridos hijos míos, os voy a contar un cuento, de cuando esta bandada la formábamos jóvenes frescos y dispuestos, con nuestras plumas recién estrenadas. Éramos tan felices, hasta que apareció él y algunos le designaron jefe, con esa mirada aviesa y esa pelusilla sobre el pico. Y todo el día pegando graznidos, y abrocando al personal, y haciendo de la mentira su práctica cotidiana. Le dimos boleto hace muuuucho tiempo, pero él se empeñó en seguir pontificando y difamando si hacía falta, y de cuando en cuando aparecía de golpe en los telediarios, aunque cuando lo hacía yo cambiaba de inmediato el canal para que no se os atragantara el filete ruso del susto. No sé por dónde volará ahora, si le habrán acogido en alguna casa de aves cansinas o habrá pasado a mejor vida, envenenado con su bilis. Qué ánsar tan pesado era aquel, queridos míos.»