Robinsones del mundo, ¡rehúyanse!

Simon & Garfunkel
Simon & Garfunkel

«Esto es una entrevista, pero no le permito que me tutee, joven. Le agradecería que me llamara señora Robinson, sin más confianzas. Estamos en un presidio, ¿sabe usted lo que es eso?, y no quiero que luego mis compañeras de celda me hagan chanzas cuando usted se haya marchado. No, no pregunte más, que me tiene aburrida. Mi ex marido, el ex ministro, decía que ustedes los periodistas sólo van en busca de un titular; pues bien, apunte, que se lo voy a dar: como suelen decir los jóvenes, se me fue la olla. La obsesión enfermiza por buscar la virtud y por evitar el pecado acabó por volverme loca y caer en lo contrario. Ya me lo decía hace mucho una amiga a la que no he vuelto a ver: Tanta represión no es buena, querida, sólo genera desarreglos mentales. Lo malo es que tenía razón. Estoy cogiendo confianza con usted, joven, lo que no sé si es bueno o malo. ¿Lleva mucho tiempo trabajando en prensa? Lástima no haberle conocido en la calle. Vale, te dejo que me tutees: puedes llamarme Iris.»

Paradoja del merengue

Merengue
Merengue

El parte: casi todo sigue nevado. Resulta que estos días hay alguien por ahí arriba, en los espacios estratosféricos (¿?) sobre la vertical de nuestra dulce patria, que no para de montar claras a punto de nieve, produciendo un merengue colosal que derrama a continuación sobre todos los rincones de España, para satisfacción de niños y niñas, esquiadores y aficionados a la fotografía. Qué paradójico: ¿sabían que uno de los trucos para que el merengue no baje y crezca firme es añadirle un pellizco de sal? Ya ven, en repostería lo salado se une a lo dulce para que el merengue no desaparezca. Y en cambio aquí abajo, en las calles de nuestras ciudades, los operarios no cesan de esparcir sal para evitar que la nieve, o el merengue éste celestial, se agarre al pavimento. Una pregunta final: en el Reino Unido, con la que les está cayendo, ¿habrán llegado a recurrir a los almacenes de la ilustre sal Maldon para evitar el merengue on the road? Qué raro es todo.

Microsurcos encantadores

Vinilos
Vinilos

A cuenta del follón éste de las descargas en Internet, me viene a la memoria lo laborioso que era antes adquirir -tampoco hace tanto- productos culturales contemporáneos. Aunque tenía su encanto. De adolescente, procuraba uno ahorrar unas pesetillas para luego ir a buscar -en mi caso en la línea 35 de la EMT que unía Carabanchel Alto con el centro de Madrid- los preciados vinilos a cadenas ya desaparecidas (Discoplay, Madrid Rock…). Años más tarde se acabaron los vinilos, para disgusto de sus defensores, y tuvimos que acostumbrarnos a los cedeses, que nunca tuvieron el encanto de los negros microsurcos. Ahora, caprichos del tiempo, el vinilo vuelve a estar de moda, y curiosamente de la mano de alguna gran distribuidora que en su momento los apartó de sus estantes sin más miramientos, en aras de la modernidad. Vuelta de vinilos al margen, el futuro de la música lleva ya un tiempo entre nosotros: la compra (sí, yo defiendo la compra, mediante sus diferentes modalidades) en Internet,  a un solo clic. No tiene tanto encanto, pero te ahorra tiempo, qué demonios.