Cuento de invierno

Fideos de colores
Fideos de colores

Ahora que él ya no está, los recuerdos de los buenos momentos pasados juntos se agolpan en la mente de ella en esta tarde de invierno. De cuando era cría, hace tantos años, e iba a su casa, la casa del abuelo, que le preparaba chocolate con picatostes, y se ponía la cara y el vestido perdidos. De cuando en primavera se quedaba a comer, y el abuelo le hacía de postre unas fresas con nata que decoraba con fideos dulces de colores; aquellos fideos de colores que crujían al masticarlos. Y de aquella vez que los Reyes Magos le dejaron una bici, la primera bicicleta que tuvo, en su casa. Y el abuelo, que vivía en un barrio de una gran ciudad lleno de coches y sin parques cerca, ni corto ni perezoso, se la llevó con su flamante bici para que fuera aprendiendo ¡a un larguísimo pasillo de la estación del metro que les quedaba más cerca de casa! Ella todavía se ríe cuando se acuerda de la la cara de sorpresa que pusieron los agentes de seguridad de la estación, alarmados porque un abuelo y su nieta hubieran convertido aquel anodino pasillo en la etapa final del tour de su infancia.

Experiencias místicogaseosas

Gas
Gas

Mucho tiempo atrás tuvo un amigo que, cuando adolescente, en ese tránsito de dolor entre la infancia y la edad adulta, creía interpretar la voluntad de un dios -no tenía muy claro cuál de ellos- a través de los gases de su cuerpo. Sí, era curioso y sin duda herético: el chaval aquel se tumbaba en la cama después de comer y prestaba mucha atención al movimiento de sus intestinos. Mediante esos meneos de su aparato digestivo, él hablaba con su dios; su iglesia estaba en su organismo. Bueno, en estas cosas cada uno es muy libre de perder el tiempo como le apetezca. Hace años que no se ven. No sabe, por tanto, si su amigo acabaría conducido a alguna hoguera, por hereje, convertido en sí mismo en una tea humeante de gas al encuentro con su Creador, o si habrá preferido acabar con sus experiencias gaseosoreligiosas a golpe de Aero-Red.

Vigencia de Camus

Albert Camus
Albert Camus

La abundancia de efemérides produce que, con tanto frenesí conmemorativo, a veces pasemos por alto alguna verdaderamente importante, para reivindicar la vigencia de la obra o de las aportaciones de personas que nos han iluminado en el pasado y lo siguen haciendo. Es por ello que, pasados los fastos navideños, hay que marcar en negrita un aniversario clave: los 50 años de la prematura muerte de uno de los grandes literatos del siglo XX, el francés -de origen español- Albert Camus. Su producción literaria y su trayectoria vital son símbolo de la dignidad humana y del poder de la creación frente a cualquier totalitarismo -no hay que olvidar su compromiso con los republicanos españoles-. Camus es autor de obras clásicas, como El Extranjero, cuya trágica escena central en una playa argelina con un Meursault que representa lo absurdo de la existencia humana está grabada a fuego en la memoria de cualquiera que haya leído este libro. La obra de Camus es un manantial inagotable del que siempre se puede beber.