No pueden ganarnos

Duelo en Barcelona (elespanol.com)
Duelo en Barcelona

Hoy es de unos esos días para mandar muchos besos y tequieros a las personas que uno quiere, de desearles que se cuiden y se mimen, que estamos hechos de un material frágil y perecedero, y más si uno tiene la mala suerte de cruzarse con indeseables como  los autores de la matanza de Barcelona. No hay justificación posible para este mal sin rostro que golpea en todo el mundo, de Barcelona a Afganistán. Hay quienes llama “animales” a estos asesinos, pero nunca se vieron animales que degüellen, que aniquilen a sus congéneres de esta manera, movidos por un odio y una fe en una causa ciega, como antaño lo fue el fascismo o el nazismo. Contra este mal elevado a la enésima potencia solo cabe prevención policial, unidad de las fuerzas políticas, respuestas globales a esta amenaza y fortalecimiento del estado democrático en la defensa de los valores, los principios y las libertades que nos pretenden hurtar, sin ponernos jamás a su altura. Ningún dios puede justificar este mal tan atroz. En Madrid guardamos la memoria del dolor por los horrorosos atentados de 2004, y ahora ese mismo pesar nos hermana, por desgracia, con Barcelona. La mente humana tiene una capacidad infinita para hacer daño, pero estos bárbaros no podrán nunca ganar, no van a pasar, no pasarán. Somos más los que queremos una sociedad en paz y libertad, lejos de la ira y del odio. Hoy es uno de esos días para mandar muchos besos y tequieros a las personas que uno quiere.

Casa de Campo, 1937

Búnker de la Casa de Campo (http://disfrutandodemadrid.blogspot.com.es)
Búnker de la Casa de Campo

De las múltiples heridas que surcan la tierra yo prefiero las que hacía con el arado para labrar el campo que me mantenía en Castilla. Detesto estos andurriales de las afueras de Madrid, con este sol de plomo, este calor asfixiante y el enemigo apuntando. Ayer mataron a Basilio: cayó como un conejo al que le hubieran propinado un golpe seco. Somos cientos, miles, de soldados, tirados entre estos árboles y estas lomas, viendo silbar las balas y detonar las bombas. De cuando en cuando cae uno de los nuestros, o uno de los suyos. Qué más da. Yo ya no sé de quién soy, de quiénes somos, presos como estamos en estas trincheras cavadas alrededor de los cerros de lo que llaman Casa de Campo, cautivos de la locura de una guerra sin fin, en la que muchos no quisiéramos estar. Qué cosas tienen los de ciudad, llamar «casa» a esta inmensa finca sin puertas, ni ventanas. No me siento de ningún bando. Me siento de mi pueblo, en donde me reclutaron para traerme aquí y llenarme de miedo, de piojos y de mugre. Una nube negra, la misma que, me temo, se cierne sobre España se ha apoderado de mi mente y no me deja ver más allá de la mirilla de este fusil que pesa como un muerto y apenas sé cómo manejar. Sí, este es el momento en el que uno, por insignificante que sea, siente el peso de la historia sobre sus hombros, de una historia trágica de España que ojalá nunca se vuelva a repetir.

Apagar las luces, encender el cielo

Lluvia de perseidas
Lluvia de perseidas

La tía Carmen apagó en la medianoche del viernes las luces del patio y encendió las del negro cielo castellano para que se pudieran distinguir con claridad las perseidas y el resto de acompañantes celestes. Al poco tiempo del OFF de una cosa y del ON  de la otra, en el firmamento emergió una estrella fugaz. Fue un instante mágico, fulgurante: apenas unos segundos, tal vez incluso menos, pero suficientes para que la retina atrapara la trayectoria de la flecha estelar y del haz verde que dejó detrás como prueba de su existencia. Es verdad que la España interior se vacía y que los pueblos de donde provenimos los descendientes de tantos y tantas pierden gentes y servicios. Pero el firmamento de esa parte del país se sigue cuajando de estrellas cada noche, gracias a milagros como el de Carmen de apagar las luces para encender el cielo, y nos recuerdan que también abajo hay toda una tierra maravillosa llena de gente con muchas cosas que contar y que enseñar a los que venimos de barrios de grandes ciudades que antaño no dejaban de ser poblachones castellanos, manchegos, extremeños. Tierras que engendraron estrellas humildes, bondadosas y sencillas como mi madre, que dejó su pueblito segoviano para irse a la gran capital en los tiempos de la España franquista y cuyo rayo verde (o azul; la belleza de tus ojos es difícil de describir, mamá) nunca cesa de acompañarme a pesar del tiempo transcurrido desde su marcha prematura.