Eau d’Humó

Boina
Boina

¿A qué huele este invierno anticiclónico en Madrid? A una apestosa fragancia llamada Eau d’Humó, una delicia para la pituitaria cuya fragancia básica es el dióxido de nitrógeno (NO2) que despiden con generosidad los miles de tubos de escape de los locos cacharros sobre ruedas que atruenan la ciudad. ¿Qué hace el Ayuntamiento de la Villa y Corte? Prácticamente nada. Al contrario: ha cogido el feo hábito de mirar para otro lado cuando se disparan los límites de contaminación. Gallardón ha eliminado incluso las estaciones de medición de las zonas más propensas a acumular malos humos, siguiendo el viejo refrán de ojos que no ven, corazón que no siente (pero los pulmones sí se resienten, apostillo yo, sobre todo los de las personas mayores y críos pequeños). ¿Qué hacen los ciudadan@s? Prácticamente nada: al contrario, aquí casitododios acostumbra a llevarse el coche a la vuelta de la esquina. Hacen falta medidas drásticas para sujetar el uso del coche privado en el centro de Madrid, que la ciudad deje de oler a Eau d’Humó y que una fea boina de mierda deje de ser el decorado que envuelve el paisaje  de la capital desde la distancia. Insisto: la ciudad, para los ciudadan@s.

Pequeña alegría

Anchoa & Rev¡lla
Anchoa & Rev¡lla

Arranca la semana con una pequeña alegría. ¿La economía?, lo habitual. ¿La política?, lo habitual. ¿Egipto?, lo habitual. ¿Contaminación en Madrid?, subiendo… No, la pequeña alegría viene del Cantábrico. Es una noticia de El Diario Montañes de hoy lunes: «Las conserveras ponen a la venta las primeras anchoas del Cantábrico después de cinco años». «Primero fue la alegría de saber que volvía a haber bocartes del Cantábrico. Que los barcos que se echaron a la mar en los primeros meses de 2010 conseguían en abril y mayo una buena captura después de casi cinco años en dique seco. De una parte de aquella pesca ya se ha dado buena cuenta, pero aún queda lo que se compró para conserva. Los bocartes de primavera se metieron en el barril y se dejaron madurar. Hace sólo unas semanas que esas barricas se abrieron y esas anchoas se enlataron o embotaron. Ahora toca lo mejor: comérselas.» Con el caladero cerrado desde 2005, toda la pesca que se había transformado en Cantabria desde entonces se traía de Croacia o Marruecos. ¿Se enrollará el presidente Revilla y nos mandará una lata?

Cáncer: las cosas, por su nombre

Mi madre
Mi madre

Hoy, 4 de febrero, es el día mundial contra la «larga y penosa enfermedad». ¿Qué? ¿De qué estamos hablando? Del cáncer. Ah, ¿y por qué hay tantos medios de comunicación que, cuando alguna persona relevante padece esta enfermedad, siguen empleando semejantes eufemismos? Lo único que consiguen es estigmatizar a las miles de personas que padecen este mal tan frecuente -y que por cierto ve aumentado año tras año las tasas de supervivencia-, que parece que tengan que sumar el tabú a la lucha contra la enfermedad. Mi inolvidable madre no murió de una larga y penosa enfermedad hace dos meses: murió de un cáncer. María Schneider, la actriz de El Último Tango en París, no murió ayer de una larga y penosa enfermedad: murió de un cáncer. La periodista Susana Olmo, maestra de periodistas, no murió de una larga y penosa enfermedad hace apenas unos días: murió de un cáncer. Precisamente Susana Olmo había escrito una carta a El País cuando emplearon circunloquios para referirse a la muerte de Labordeta: «Con motivo de la muerte de José Antonio Labordeta he vuelto a leer ese lamentable eufemismo de que murió tras una larga y penosa enfermedad. Todos (…) sabemos de qué estamos hablando: del cáncer. Sobre todo porque, en este caso, el propio cantautor había anunciado su enfermedad hace algunos años cuando se la detectaron. ¿Por qué entonces ocultar el nombre del mal tras una expresión vergonzante? En España se registran 200.000 pacientes nuevos cada año (…) Sería de agradecer que no se aborde esta enfermedad como un tabú, y se trate a sus afectados como a cualquier otro enfermo.» La mayoría de la gente lucha con dignidad y valentía contra esta enfermedad, como lo hizo mi madre, Felicitas Gómez Otones, como lo hizo Susana Olmo; no les estigmaticemos: ellas, que fueron tan valientes, no se merecen estas muestras de cobardía.