Carabanchel Alto, nación

Manolito Gafotas
Manolito Gafotas

En resultas que el promotor del acto por el denominado derecho a decidir que se iba a celebrar en Madrid el próximo día 17 proviene de Carabanchel Alto, como yo mismo, Alberto Chicote y el gran Manolito Gafotas. Ha habido mucha alarma y alharaca contra este activista y la Justicia ha prohibido la celebración de este acto que había sido autorizado por el Ayuntamiento de Manuela Carmena. No lo entiendo, porque, sin duda, el referéndum de Cataluña es motivo de honda preocupación, desde decenios, entre los pobladores de un barrio humilde, obrero y cariñosamente periférico como del que procedo. Yo siempre he pensado, la verdad, que Carabanchel Alto debe ser considerada una nación. Solo hace falta un poquito más de pedagogía y de instrucción en las aulas carabancheleras para que este concepto llegue a triunfar. Será la manera de reivindicarnos frente al maltrato permanente de los vecinos envidiosos de Aluche, Cuatro Vientos y Carabanchel Bajo, que nos vienen ninguneando desde hace siglos. Ay, los de Carabanchel Bajo: nunca han soportado que en el Alto corriera más el aire y fuéramos más mejores y más guapos que ellos. Hacen falta más activistas por la independencia, de Cataluña y de donde sea, sí. Por todo ello, Carabanchel Alto, nación ya. Votación y emancipación. Basta de ser una colonia de los barrios de los alrededores. Pongamos fin a tanta opresión.

Mucho más que un programa

Alberto Chicote
Alberto Chicote

La seca Celtiberia está llena de agua. Torrentes, escorrentías, ríos desbordados… Agua que no para de manar. En una esquina de España había un país de agua por excelencia, Galicia, pero el efecto se ha extendido por toda la piel de toro. España se encharca, pero no es agua del cielo. Es agua de las lágrimas derramadas por toda la gente que lo está pasando mal en esta crisis que todo lo hunde (salvo a los de siempre: los poderosos y los bancos, que salen siempre a flote y a bordo de sus yates de lujo). Otros son los desesperados, los más débiles de la sociedad, arrastrados por una corriente que ellos no han creado y en la que no tienen culpa. Son tiempos duros y desesperanzados, y es fácil decir ánimo cuando cunde el desánimo y todo lo empapa. Pero hay que tirar para adelante, perseverar, plantar buena cara al mal tiempo y remar juntos para buscar una salida colectiva. En la tele acaban de estrenar el programa “Pesadilla en la cocina” (La Sexta), de un chef, mi amigo Alberto Chicote, que enseña a tirar palante a restaurantes en crisis y al borde de la ruina (que es como está el país, por otra parte). Es un programa solo, pero también puede ser un símbolo: a base de perserverar y no desfallecer, a pesar de los pesares, con espíritu y fuerza de equipo y sin dejar a nadie atrás podemos volver a salir a flote. Conozco a Chicote desde que éramos críos en Carabanchel Alto y vecinos de pupitre en clase; sé de su tenacidad, ilusión y bonhomía (que no se equivoque quien no le conozca: la aparente rudeza del cocinero que sale en la tele alberga un gran corazón). Esas son las virtudes que nos hacen falta para espantar las nubes que lo inundan todo.

2 de mayo, teatro y manduca

La moza de cántaro
La moza de cántaro

Llegaron, de matute y con sigilo, las fiestas del 2 de mayo, las de la Comunidad de Madrid, este año parece que más inadvertidas que nunca (y mira que es difícil). En lo que a mí me toca, yo disfruté de la velada previa con un par de elecciones de ocio y cultura, que modestamente traslado para disfrutar del festejo. Una primera, la obra La moza de cántaro, un clásico de Lope de Vega, interpretada hasta el 13 de junio por una hornada de jóvenes actores y actrices de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), con gran éxito de crítica y público, en el Teatro Pavón de esta villa. La moza, aunque no rompa el cántaro físicamente, lo rompe metafóricamente con su empeño, como explica el director del montaje, Eduardo Vasco, en hacer posible “lo imposible para una mujer en un mundo de hombres”. Más cántaros tendrían ellas que romper. Y un creador que también rasga moldes es Alberto Chicote, con su propuestas innovadoras. Mi admirado chef hace una mirada al pasado con su participación en 1808, un menú reinterpretado -una iniciativa de la Comunidad que recrea platos tradicionales de hace dos siglos-, mientras mira al futuro con su pasión por oriente. Cenar anoche en su restaurante Pandelujo, a orilla del frescor y del rumor del jardín acuático de su interior para combatir la calima, es un lujo para los sentidos, sobre todo si uno comparte la extraordinaria manduca en la inmejorable compañía de una mujer que rompe moldes y puede disfrutar de un buen rato de conversación con Alberto. En mi caso, las dos últimas premisas se cumplieron con creces; ¡qué suerte la mía para este 2 de mayo!