Lo malo no es solo que las cuchillas corten; lo peor es que el señor presidente ni siquiera parece que tenga sangre

Fabricación de una concertina como las que se usan en la frontera de Meilla
Fabricación de una concertina como las puestas en la frontera

Una gran persona que me honra con su amistad, dotada de una inteligencia emocional y una empatía fuera de lo común ahora que no me oye, me comentaba esta mañana que había tenido que parar de leer, porque se le hacía insoportable el dolor de fijar sus ojos entre las líneas del texto, un reportaje de El País sobre los efectos de la verja erizada de cuchillas que el Gobierno del PP mantiene en el perímetro fronterizo de Melilla. Unas cuchillas, recuerden ustedes, sobre las que el señor presidente del Gobierno dijo que iba a encargar un estudio acerca de su riesgo para la integridad humana, porque parece ser que no lo tenía claro, quedándose tan pancho, con esa cara de yo no fui y de cordero degollado que se gasta el prócer cuando se cumplen los dos años de su victoria en las urnas y de sus aterradoras consecuencias, ¡ay!, sobre el recortable en que ha convertido la piel de toro merced a sus tijeretazos por doquier. Qué ser. Y lo malo no es que las cuchillas corten a los inmigrantes que, llevados de su desesperación, intentan entrar en España, que también. Lo peor es que tengamos un presidente tan indiferente al efecto de sus políticas, un político que parezca tan de cartón piedra y que no sangre pensando en las consecuencias y los destrozos que están haciendo, con cuchillas o a machetazos que tajan nuestro Estado del Bienestar. Un presidente que ni siquiera parece que tenga sangre. Yo nunca jamás votaré ni a Rajoy, ni al conservador PP, y estoy seguro de que la persona que tuvo que dejar de leer el periódico tampoco, pero este señor es el presidente de tod@s, me caiga a mí mejor o peor (que es el caso), y da miedo semejante insensibilidad de quien nos representa. Un Gobierno democrático ha de tener otras alternativas para regular los flujos migratorios.

Espantar la soledad, ahuyentar la tristeza

Neil Young
Neil Young

El cantante canadiense Neil Young publicó en 1992 una preciosa canción sobre la amistad y su pérdida, “One of These Days”, dedicada a todos los amig@s que había ido conociendo y con los que había ido perdiendo el contacto a lo largo de su vida. Como le ocurre a él, a todos nos pasa que el paso de los años nos separa de los otros. Evocando esas músicas de Young me acuerdo de un amigo y compañero de la Facultad de Periodismo, un zamorano apellidado Antúnez al que perdí de vista hace más de veinte años. Antúnez era muy rockerito, tenía una banda propia y una novia muy estilosa que estudiaba moda en Madrid. Me mandó por correo un verano, desde su ciudad, en una caja de zapatos de cartón, una serie de casetes. En uno de ellos enlató clásicos anglosajones de The Velvet Underground, The Monochrome Set, The Rolling Stones, The Beatles… Las canciones de Antúnez tuvieron la virtud y la magia de abrirme a la música, a las muchas músicas que ahora escucho; un universo al que luego contribuyó mi pareja, de manera decisiva, con su gramola global. Es complicado hacer amigos como aquel, al que perdí, por incapacidad propia en muchas ocasiones, y por incapacidad de los demás también en algunas. La vida se convierte en una travesía a menudo demasiado desértica, hasta que de repente aparece entre la arena un pozo con una superficie bruñida en medio de la nada, una sonrisa que de manera permanente espanta la soledad y ahuyenta la tristeza. Y la música de la amistad, que parecía perdida a estas alturas del viaje, sigue sonando. Es la magia de vivir.

El robot

Robot
Robot

«Me compré, doctora, un robot limpiador para que me hiciera compañía. Desaparecida mi familia y los pocos seres que me querían (ahí todavía le incluyo a usted, que sigue escuchándome con suma paciencia mientras me tiendo en en el diván) necesitaba sentir la presencia de algo o de alguien. Y de repente vi en el periódico que también me acompaña desde que era jovencillo una promoción de cupones para conseguir un robot limpiador. Cuando reuní la cartillla y fui a recogerlo, me sentí como un niño con zapatos nuevos. Fue llegar a casa, sacarlo de la caja y ponerlo en funcionamiento, y la dicha fue completa. El robot iba limpiando y encerando toda la casa, en una rutina diaria que parecía no causarle ningún quebradero de cabeza, justo lo contrario de lo que me sucede a mí. Un día le puse un palo y unos ropajes; con una calabaza de juguete le monté una cabeza. Desde ese momento el robot y yo nos damos largos paseos por la ciudad, él limpiando y encerándolo todo, y yo dándole conversación. A veces me lo bajo a Madrid Río, y el robot se ríe (digo yo que se ríe, porque se le encienden todos los pilotos luminosos de golpe) dando sustos a los ciclistas y tirándose al agua para jugar con los patitos del Manzanares, a los que se empeña en abrillantar las plumas. Pegando la hebra con él me doy cuenta de que en las calles hay una plaga de robots que no son tan listos como el mío, doctora, do quiera que uno mire, aunque vayan con traje y corbata y hablen por el móvil.»