Cuento escatológico

Bocazas
Bocazas

«Buenas tardes, doctora, qué guapa está. Aquí Cleofás Cista, para servir a Dios y a usted. Vengo a verla porque tengo problemas con los gases. Expelo ventosidades a gran velocidad, pero siempre miro a izquierda y a derecha cuando estoy en lugares cerrados, en el Metro por ejemplo, porque suele quedarme la duda de si mis vecinos de vagón se habrán percatado de mi procacidad y me me da vergüenza que mis congéneres detecten mi carácter porcino. Y el caso es que luego acudo a comidas, tertulias y otros encuentros sociales en los que, ¡oiga!, excreto gran cantidad de basura por la boca, y me importa un comino lo que piensen de mí. Me crezco especialmente cuando estoy con mis cuñados, esa gentuza de izquierda con quienes mis hermanas tuvieron el error de contraer matrimonio; les dejo atónitos y como desencajados con mis comentarios de hombre recto y de bien, de español sin tacha y orgulloso de serlo, que es lo que no son esos desgraciados: el 11-M, un montaje del PSOE; el caso Gürtel, un invento de Rubalcaba; los inmigrantes, al mar; a los parados, que les den; los socialistas, unos ladrones; pagar impuestos, de tontos. Aquí el único que puede robar soy yo, que desfalco todo lo que puedo en mi empresilla y tengo contratada a una mucama sin papeles a la que le pago cuatro duros; que se joda, y si no, que se hubiera quedado en su país. ¿Me da alguna medicina, doctora? Sí, algunas pastillas para la tripa; bueno, lo he pensado mejor: para mí no; para mis cuñados, para que se les pase el estreñimiento.»

Cefaleas espectaculares

Castillos en el aire
Castillos en el aire

«Se presenta Cleofás Cista, doctor; para servir a Dios y a usted. Necesito algún tratamiento. Vengo revirado, con la cabeza a vueltas, a punto de reventar por las costuras (y me disgustaría mucho mancharle este mobiliario tan fino con mis feos sesos). El problema es el siguiente. Durante los últimos años -antes de la crisis, claro- me hinché a pedir créditos, que ya sabe que hace un tiempo se daban con una alegría pasmosa: para un coche que apenas usaba, para un apartamento que visitaba dos veces al año, para cambiar de casa, para irme de vacaciones, para la comunión de los hijos… Un endeudamiento sin fin que me permitió levantar castillos en el aire con gran facilidad. ¿Y sabe qué me ha pasado ahora? Que vivo asfixiado, no puedo más, me falla el riego sanguíneo en el cerebro y encima mi mujer me ha pedido el divorcio, por insoportable. Ya ve, el castillo se me ha caído encima y los cascotes me han machacado el cráneo, generándome esta terrible migraña. Y, ¿de quién es la culpa de todo esto que me ocurre? Del maldito Gobierno, claro. ¿Alguna aspirina, entonces, o mejor me corta usted la cabeza y termina con mi mal? Póngame a los pies de su señora.»