Confusiones cotidianas

Confusión
Confusión

«Seguro, doctora, que a usted le ha pasado en alguna ocasión: llegar al torno del Metro e intentar franquearlo haciendo ademán de meter la llave de casa. El caso contrario es más raro: llegar a la puerta de casa e intentar abrirla con el cupón del abono transporte, pero puede darse, aunque a mí no me haya sucedido. Total, son confusiones que forman parte de nuestra vida cotidiana. A veces, en el quiosco, me he confundido y he pagado el periódico que leo desde hace años con el vale de comida que me entrega la empresa, en lugar de entregar el cupón correspondiente como suscriptor, y lo raro es que el quiosquero no me ha dicho nada. Bueno, al final estamos hablando de lo mismo: nutrientes, unos alimenticios, otros informativos. También me ha pasado darle un beso a mi jefe creyendo que es mi esposa, y estrechar la mano de mi esposa confudiéndola con mi jefe. A veces incluso me levanto por la mañana, me miro en el espejo y veo a un señor que dice ser yo, aunque yo hace años que no conozco ese careto. Menudo lío, doctora.»

Ojo con la descongelación

Congelado
Congelado

«Mis visitas a esta consulta son tan frecuentes, doctora, que me va a acabar aborreciendo; tengo dependencia de usted: trata demasiado bien mis paranoias. La última que tengo es la siguiente. Leí en un manual de trucos domésticos que el proceso de descongelación de productos alimenticios previamente congelados hay que hacerlo con mucho cuidado, sin forzar los tiempos, sin dejarlos sobre la encimera como se hacía antes, porque se pueden producir bacterias y virus en el proceso si se hace mal. Resulta, doctora, que a mí me pasa lo mismo con algunos de los recuerdos que almaceno en ese arcón congelador que es mi memoria. No sé si evocarlos, porque en esa descongelación puedo hacer alguna cosa mal y generar un gran espectro bacteriano y ponerme muy malito, o dejarlos congelados por los siglos de los siglos y no consumirlos nunca jamás. Otros trucos para descongelar, aunque no muy recomendados, son recurrir al microondas o a la inmersión en un recipiente con agua: ahí tengo un problema, porque el cabezón que dios me ha dado no cabe en ningún lado. En fin, que tengo miedo de enfermar. Claro que tampoco quiero vivir permanentemente alimentándome de recuerdos, por muy bien descongelados y libres de porquería que estén. ¿Usted me entiende? Porque yo no.»

Ensalada de morera

Morera
Morera

«Verá, doctora. De pequeño criaba gusanos de seda en una caja de zapatos, un entretenimiento casi desaparecido ahora, en esta generación de niños atados a consolas audiovisuales. Creo que una vez también tuve una lagartija en una caja; decoré las paredes con recortes de libros (de paisajes que suponía que le podían agradar al bicho aquel, claro, para no traumatizarle). Pero lo de los gusanos era un pasatiempo curioso, mi favorito. La vida se desarrollaba apresurada  entre las cuatro paredes de esa caja, en un trasunto de la propia existencia: huevos, gusanos, capullos, mariposas… con mucha morera de por medio. Y ahora, tantos años después de la experiencia gusana, y talludito como estoy, me veo en mi piso, también entre cuatro paredes. Y a veces alzo la mirada al cielo, intentando interpelar al señor de los gusanos (o de los capullos, que abundan mucho; mariposas también las hay, pero menos): le hago alguna que otra pregunta a ese señor, pero no obtengo respuestas y sólo escucho el silencio. Así que, preso del aburrimiento, me voy a preparar una ensalada de morera para matar el tiempo: ¿alguien tiene algún aliño especial?»