Oigan, los de la caverna, que esto es un derecho

Reforma laboral
Reforma laboral

Con la caverna mediática desatada y poco menos que anatemizando a las personas que hoy hacen huelga como violentos roj@s peligrosos y vendepatrias, es menester recordar que, oigan, esto es un derecho legítimo que asiste a todos los ciudadanos. El derecho a decir que hoy no trabajan porque están en contra de una reforma laboral injusta (porque permite el despido libre, la rebaja de salario y ampara la pérdida de derechos adquiridos), ineficaz (porque en lugar de ayudar al empleo lo que fomenta es el despido) y, por último, que vulnera derechos reconocidos en la Constitución. La derecha gobernante y todo el piélago de medios que le asisten ponen el acento en broncos disturbios, piquetes, caos y destrucción. Yo me asomo a la ventana y no veo ni coches incendiados, ni iglesias ardiendo. ¿Que puede haber exaltados en los piquetes que se pasan de vueltas? Seguro. Pero, ¿por qué no se recuerdan las tremebundas presiones que sufren muchos trabajadores y trabajadoras que hoy tienen que acudir a su trabajo sí o sí? ¿Por qué no se airean las coacciones que reciben muchas personas que no pueden hacer huelga, queriendo secundarla, por miedo a represalias? Como el caso que me contaban esta mañana de una trabajadora que no ha secundado la huelga por miedo a que le dieran una patada en el culo al día siguiente. Y lo más tremendo es la conclusión a la que llegaba esta persona, según me referían: «No hago huelga para que no me despidan… Y al final sé  que dentro de un tiempo me van a despedir igual». Oigan, los de la caverna, esto ¿no es violencia?

Viva el 8 de marzo

8 de marzo
8 de marzo

Este blog sale de su letargo este jueves 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres, para vestirse de violeta y reivindicar los valores feministas y de izquierdas, o de izquierdas y feministas, que tanto da. No se concibe una izquierda que no sea feminista, al igual que no se concibe un feminismo que no sea de izquierdas. Ambos son movimientos emancipadores que beben el uno del otro, dirigidos a remover los obstáculos que impiden los avances de las mujeres y a eliminar su discriminación. Es un 8 de marzo en parte triste por todos los pasos atrás que está dando la derecha gobernante española, con amenazas claras en forma de retroceso en derechos sociales que siempre acaba perjudicando más a ellas. Ya vieron ayer los retrógrados juegos malabares del exalcalde de Madrid para explicar los recortes en el derecho al aborto (sí, de Gallardón, que era tan progresista él; ay de quienes le dieron su voto con esa careta para la alcaldía de Madrid mandato tras mandato). «Violencia estructural que obliga a las mujeres a abortar», dijo el exalcalde. Violencia estructural machista y reaccionaria es la que sufren muchas de ellas que no tienen trabajo, o que cobran menos que sus compañeros, o que viven discriminadas y marginadas por su condición. ¿Y este es el ministro de Justicia de España? Pero la cosa no acaba ahí: hay más riesgos en el horizonte. Ya ven las viejas obsesiones de la derecha con asuntos como la píldora poscoital. Ya ven los efectos de la reforma laboral, especialmente lesivos para las mujeres por cuanto estas van a ser más fácilmente despedibles. Ninguna sociedad será plenamente justa hasta que se consiga la igualdad plena, hasta que el color violeta lo impregne todo. Y derecha y violeta son conceptos difícilmente compatibles. El 8 de marzo es mi día favorito por excelencia, el día al que más sentido le encuentro, aunque tod@s deberíamos luchar para que cada jornada del año fuera 8 de marzo.

Cuando voto

Papeletas 20-N
Papeletas 20-N

Cuando voto siempre pienso en las generaciones de españoles y españolas que se vieron privadas de este derecho. En los millones de españoles que durante cuarenta años de cerrojo franquista no pudieron expresarse en libertad para elegir a su gobierno. En los millones de represaliados y exiliados por el régimen. En los millones de personas que no tan lejos de esta piel de toro, a pocos cientos de kilómetros, no lo pueden todavía ejercer en libertad. Pienso en que la fuerza de los votos ha permitido impulsar proyectos colectivos en un país tan poco amigo de lo colectivo como es España: establecer la educación pública y gratuita, crear pensiones dignas para los trabajadores, becar a millones de estudiantes para que pudieran acceder a la educación en igualdad de condiciones, dotarnos de uno de los mejores sistemas de sanidad pública del mundo, desarrollar nuestras infraestructuras, ampliar ayudas para proteger a los desamparados, afianzar nuestra joven democracia. Cuando voté esta mañana en el comedor del colegio público al que asiste mi hija pensé en ella, en las conversaciones que una niña tan espabilada e inteligente (herencia de su madre y sus abuelas, sin duda) mantendrá en esta estancia, entre bocado y bocado, con sus amigos y amigas del cole, nacidos dentro y fuera de este país, las futuras generaciones de españoles y españolas. Cuando voté esta mañana no pude evitar emocionarme pensando en mi madre que se fue hace un año, y voté con más fuerza y orgullo que nunca, por ella, socialista de corazón, y por mí, por las siglas en las que he creído desde que era adolescente, sintiendo que su mano se posaba sobre la mía, por las siglas del Partido Socialista.