Instantáneo

Café soluble
Café soluble

«Mis miedos y temores se diluyen de manera instantánea cuando estoy en este diván suyo, doctora, pero no del todo; siempre me queda un poso, como el café. Me despierto por la mañana y me abandono entera a un rápido instante de placer instantáneo, que desaparece de forma instantánea en cuanto pongo la radio con las noticias de los boletines, el primer bofetón automático de realidad. Con el agua de la ducha cayendo instantánea sobre mi cabeza repaso todas las cosas que debo hacer durante el día y no haré, pienso en todas las cosas que hice en mi vida hasta ahora y las que me quedan por hacer (¿las haré?). Cuando tengo algo de tiempo agarro la guitarra y grabo mis ocurrencias instantáneamente en un magnetofón casero, antes de salir a la calle. Tomo un café soluble con unos sobaos pasiegos y bajo las escaleras, para ser disuelta como un azucarillo en la multitud que viaja en el metro, instantáneamente, de un punto a otro de la ciudad. Antes de venir a la consulta estuve en el restaurante asiático de la esquina, recién reformado, al que antes iba mucho, y salí con una sensación agridulce porque la reforma no me acaba de convencer. Es la misma sensación, doctora, que tengo cuando estoy en este diván: lo echo de menos cuando no vengo a consulta, y lo echo de más cuando estoy aquí, porque aunque usted me alivia, no me acabo de curar del todo; todo en apenas un instante.»

Cono invertido

Conos
Conos

«La noche de autos me despertó tal tormenta, doctora, que pensé que los rayos y los truenos que caían anunciaban el advenimiento del anticristo, o la formación de un nuevo mundo, un Big Bang bestial, o la temporada de rebajas otoñoinvierno de los grandes almacenes que están al otro lado del PAU. Salté de la cama y llegué a tiempo de cerrar las contraventanas, antes de que los alféizares reventaran de agua. La lluvia no llegó a calarme la piel, y eso que tuve que atravesar a todo correr el jardín, hasta llegar al invernadero y comprobar con sorpresa que el techo de cristal había saltado en mil pedazos y el agua estaba arruinando los rododendros (¿se escribe así?). Y luego noté el dolorcillo. Me apalpé la cabeza y vi que me estaba saliendo un cono invertido, con un vértice que apuntaba hacia dios, o sea, hacia dentro de mi cuerpo, porque siempre he sido panteísta y he creído que hay un dios en el interior de todas las cosas. Regresé a la cama y me dormí, confiado en que todo había sido un mal sueño. Pero al sonar el despertador a las 06:00 am, lo primero que hice fue tocarme la cabeza, para comprobar, con alegría incluso, que el cono invertido apuntando a dios, o sea, hacia mi interior, seguía allí arriba. Desde entonces uso este almacén para llevar los emparedados del mediodía a la oficina; total, ya que mi cabeza no me nutre de demasiadas ideas para el alma, al menos que me sirva de sustento nutricio para el cuerpo. ¿Quiere un bocata, doctora?»

Cuento demediado

Italo Calvino
Italo Calvino

«Doctora, mi vida es similar a la del vizconde demediado de la fábula de Italo Calvino, al que un cañonazo de los turcos partió en dos, y cuyas mitadas siguieron viviendo por separado, una mala y otra mejor. En mi caso, mi división es semántica, porque aparentemente estoy entero y no tengo costuras. Pero ocurre que desde pequeño me crié sólo con la mitad de las palabras, las contenidas en el tomo de la H a la Z del diccionario de la Real Academia, que me regalaron mis abuelos (a los pobres no les llegó el dinero para el otro volumen, de la A a la G). Y ahí está el origen de mis problemas, porque noto que a mi mundo le faltan la mitad de los significados. Por ejemplo, sé qué es «ir de paseo» porque son palabras contenidas en el mismo tomo, pero tengo problemas con «hacer el amor», que ya corresponden a tomos distintos, y ahí sí que me hago, perdone la crudeza de la expresión, la picha un lío y no acabo de aclararme: ¿qué es «hacer el amor»?; por su cara deduzco, doctora, que tiene que ver con el bricolaje. El caso es que en apariencia escribo tirando de palabras de ambos volúmenes, pero en la práctica no sé de lo que hablo. ¿Puede recetarme usted unas grandes dosis de sopas de letras, para ver si así logro recomponer mi universo semántico? (la pasta, que sea sin gluten, que aunque no sé qué es, creo que me cae mal).»