La parte oscura

Garzón
Garzón

Que un magistrado como Baltasar Garzón, distinguido por su lucha por los valores democráticos, acabe sentado en el banquillo e incluso apartado de su trabajo es algo que repugna a cualquier demócrata. Juzgado por una presunta falta en las formas, obviando el fondo del asunto: su intento de investigar la desaparición de más de cien mil compatriotas víctimas de la represión de la dictadura de Franco, muchos de los cuales siguen tirados en fosas anónimas junto a las cunetas. ¿Cómo es posible que los herederos del franquismo (Falange entre ellos), que son los promotores de estas acusaciones contra Garzón -jaleadas en una coincidencia nada casual por la derecha política y mediática-, tengan todavía semejante poder en esta España del siglo XXI? Parece extraerse una lección: que nadie ose remover el pasado siniestro de este país, saber la verdad sobre lo que ocurrió, porque los fantasmas del pasado pueden acabar de nuevo golpeándonos en la cabeza. Qué estupor. Qué triste y qué penoso sabernos de nuevo amenazados por la parte oscura de este país.

Tiempo de torrijas y descanso

Una torrija
Una torrija

Las rebanadas de buen pan se van empapando de leche azucarada, antes de pasar por huevo y sumergirse en el aceite de oliva caliente, ese elixir incomparable patrimonio de la cocina mediterránea. Vuelta y vuelta, evitando que se queden secas. Unos breves minutos de chisporroteo y salta la torrija de la sartén a la bandeja. Una vez tostadas, me gusta pintarlas con el almíbar que tengo preparado en un cacito y espolvorearlas de ¡más azúcar! y algo de canela. Ya va una buena remesa y no queda pan. Qué delicia. Me encantan las torrijas, y ahora es tiempo de ellas. Cuando se acabe esta fuente haré otra; ya dejaremos para más adelante la operación bikini; la lorza hay que cuidarla y engrasarla. Hasta a tres euros las venden en algunas pastelerías de Madrid; en esta fuente hay una pasta, pues.  Mientras me relamo de gusto con la que me acabo de zampar, imagino: ¿por qué no sustituir estos días las aburridas banderas de los edificios oficiales, que tenemos tan vistas, por grandes torrijas ondeantes, chorreando dulce? Los padres y madres alzarían a sus niños sobre sus hombros para coger un cacho de la bandera torrijera y dársela de comer a los pequeños; esa sí que sería una buena comunión con el ser de esta piel de toro, en la que tantos símbolos gastronómicos compartimos: pan, aceite, vino, queso… y torrijas de Semana Santa. Gracias de corazón a tod@s los que siguen este modesto bloc de notas (¡ya van casi 4.000 visitas!) y me animan con sus comentarios: buen descanso, si pueden, y hasta la vuelta. A quienes salgan, que vean paisajes que les ensanchen y endulcen el alma.

El Guernica

Guernica
Guernica

Ya se ha movido bastante. Comenzó su andadura en París, con motivo de la Exposición Universal de 1937, mostrando al mundo, desde el pabellón español, el horror de los bombardeos fascistas en la Guerra Civil. De allí pasó a Nueva York, a su Museo de Arte Moderno, con algunos otros viajes de por medio. De esa gran metrópoli, capital del mundo, regresó a esta gran otra ciudad que es Madrid, a los pocos años de la Transición democrática, en 1981, cumpliéndose así el deseo de Picasso de que esta obra no volviera a España mientras estuviera bajo el yugo y las flechas franquistas. Su primer hogar fue el Casón del Buen Retiro, frente al parque homónimo; y era grato dar un paseo por el parterre que está enfrente y pasar luego a echar una ojeada al cuadro. De allí lo movieron al Reina Sofía,en 1992. Así que, en efecto, mejor que no se mueva más, porque además, por su avanzada edad, presenta un delicado estado de salud. Total, sin necesidad de más mudanzas, es un cuadro que forma parte de la memoria colectiva y que decoró muchas de nuestras habitaciones de adolescentes, como un símbolo permante del horror de la guerra. El Guernica está bien donde está.