Apellidos: gesto por la igualdad

Apellidos chinos
Apellidos chinos

Cuando nació mi hija Estrella, hace cinco años, mi mujer y yo, ambos feministas y de izquierdas, o de izquierdas y feministas (tanto monta, monta tanto; ¿hay izquierdistas que no sean feministas?, pues qué contradicción, porque el feminismo ha sido, es y será uno de los grandes movimientos emancipadores de la condición humana) adoptamos una decisión. Como decía, ambos, y yo de manera especial, teníamos un deseo: invertir el orden de los apellidos, permitido por una modificación legal, para no repetir el uso y costumbre patriarcal en España de que el apellido paterno fuera en primer lugar. Así lo acordamos en el Registro Civil, con naturalidad, y tan contentos. Yo creo que estos pequeños gestos ayudan a transformar la sociedad y hacen avanzar la igualdad, y como me gusta predicar y dar trigo, así lo hice. Ahora leo el revuelo que se ha montado con este asunto y las voces desaforadas de la caverna, pegando gritos a diestro y siniestro, como acostumbran, porque parece que se tambalea otro de los sacrosantos pilares de la patria. Creo que la paternidad no se demuestra con la prevalencia del apellido paterno, que ya no basta con poner la semillita y el apellido primero, sino queriendo a mi hija con toda mi alma, jugando con ella, alimentando su ansia de saber, enseñándole a crecer libre y feliz, amando a Estrella con toda la dulzura del mundo que me es posible, con la misma dulzura con la que mi madre, su abuela, que tan mal lo está pasando en este tramo final de su vida, me ha amado a mí.

 

Poésias de amor

Arcoiris
Arcoiris
Ellas se profesan un amor tan profundo y verdadero que yo no me siento desplazado. Me emociona tanto verlas juntas, y jugar, y disfrutar, que haya un amor tan puro en el mundo, en este mismo mundo en el que abundan conductas tan bajas. Mi hija Estrella (5) le hace poésias (así lo dice ella, sin acento en la í y con acento en la é) a su madre, que vuelan como haikus: «Mami, tú eres el arcoiris, y yo soy el pájaro que se enamora del arcoiris». Es sólo una de ellas. Y yo las miro embobado, de reojo, atrapado por sus juegos mientras recojo la casa, o preparo algo en la cocina, o leo un libro. Qué amor tan puro, qué ganas dan de volar a buscar ese arcoiris, a tocarlo con los palmas de la mano para comprobar si sus colores se deshacen entre las yemas de los dedos y colorean nuestro cuerpo, mientras dejamos abajo, muy abajo, bajo nuestros pies, toda la morralla cotidiana.

 

El equilibrio

Bicicleta
Bicicleta

Si tuviera un lienzo en blanco, proyectaría todas las imágenes en forma de diapositiva que han compuesto este verano de 2010 a punto de rematar. Desfilarían una detrás de otra las imágenes de los lugares que he visitado, los rostros de la gente amable que he conocido, el aspecto de los platos que he saboreado, las aguas de los mares que han bañado mi piel, los rayos de sol que me han tostado. Pero de todas las imágenes, para el disco duro de la posteridad, conservaría una de forma muy especial: la de mi hija Estrella montando en el patio de mi casa sobre su pequeña bicicleta sin ruedines, aprendiendo a guardar el equilibrio. Una lección clave que ella aprendió muy rápido: guardar el equilibrio, procurarlo al menos, sobre ese hilo invisible, tan inestable, que es la vida.