Apagar las luces, encender el cielo

Lluvia de perseidas
Lluvia de perseidas

La tía Carmen apagó en la medianoche del viernes las luces del patio y encendió las del negro cielo castellano para que se pudieran distinguir con claridad las perseidas y el resto de acompañantes celestes. Al poco tiempo del OFF de una cosa y del ON  de la otra, en el firmamento emergió una estrella fugaz. Fue un instante mágico, fulgurante: apenas unos segundos, tal vez incluso menos, pero suficientes para que la retina atrapara la trayectoria de la flecha estelar y del haz verde que dejó detrás como prueba de su existencia. Es verdad que la España interior se vacía y que los pueblos de donde provenimos los descendientes de tantos y tantas pierden gentes y servicios. Pero el firmamento de esa parte del país se sigue cuajando de estrellas cada noche, gracias a milagros como el de Carmen de apagar las luces para encender el cielo, y nos recuerdan que también abajo hay toda una tierra maravillosa llena de gente con muchas cosas que contar y que enseñar a los que venimos de barrios de grandes ciudades que antaño no dejaban de ser poblachones castellanos, manchegos, extremeños. Tierras que engendraron estrellas humildes, bondadosas y sencillas como mi madre, que dejó su pueblito segoviano para irse a la gran capital en los tiempos de la España franquista y cuyo rayo verde (o azul; la belleza de tus ojos es difícil de describir, mamá) nunca cesa de acompañarme a pesar del tiempo transcurrido desde su marcha prematura.

Ferragosto

Lorenzo
Lorenzo

En Ferragosto los ritmos vitales caen bajo mínimos, como las bolsas de estos días. Cuesta levantarse y desperezarse, echar aftersun a la piel que el sol abrasó ayer entre canchales ribereños de parajes de montaña. Ha pasado la lluvia de Perseidas y, maldita sea, no he vuelto a ver ninguna por más que escudriñé los cielos, pero qué falta me hace verlas estando en compañía de mis dos estrellas preferidas, que cumplen años también alrededor del Ferragosto. La gran ciudad baja los latidos, acompasa su ritmo cardiaco al calor, aunque hayan desaparecido aquellos agostos de hace quince, veinte, veinticinco años, cuando Madrid a estas alturas de año se asemejaba a una ciudad golpeada por la bomba hache, vacía como una planta de un ministerio a las ocho de la tarde. Aquellos veranos con la ciudad desierta son historia; el foro ya no se vacía nunca del todo. Pero es Ferragosto, qué demonios, así que voy a dejarme poseer por el dolce far niente, que ya vendrá la marejada.