Historias por contar

Copo
Copo

La vida la van marcando los espacios en los que se desarrolla. Cuando eres canijo coincides con los familiares, los cercanos y los lejanos, de cuando en cuando, en eventos BBC (Bodas, Bautizos y Comuniones). Luego se centra uno en su propia existencia: emparejamientos y descendencia. Cuando pasa un poco más de tiempo te enteras de que tal o cual pareja de amigos y conocidos se separó o se divorció (ya no hay celebraciones). Y a partir de los 40, por puro reloj biológico, constatas con sufrimiento que la vida va en serio cuando las personas que te han precedido en el camino, los padres y madres propios y de amigos y conocidos, van desapareciendo. Hablo de la silenciosa muerte de los españoles y españolas nacidos en la década de los 30 del pasado siglo, que sufrieron la llegada de la Guerra Civil, la propia contienda y el atroz franquismo. Gentes humildes que vinieron a trabajar a la gran ciudad (o tuvieron que emigrar allende nuestras fronteras), desde La Mancha, Andalucía, Castilla, Galicia, Extremadura… Que nos criaron aquí a nosotr@s, los niños y niñas del baby boom de los 60, y sostuvieron sobre sus hombros todo el peso del país en años de plomo. Buenas gentes que en muchos casos nunca han sido suficientemente valoradas (¿estará alguien escribiendo su historia?). Están marchándose, muriendo poco a poco, haciendo mutis por el foro tan mansamente como vivieron, cayendo como copos de nieve sobre un campo de Castilla en un frío día de invierno. A todos ell@s vaya mi modesto homenaje, mi gratitud y mi reconocimiento.

Torbellinos

Torbellino
Torbellino

En esta vida rara del siglo XXI nos dejaremos de ver en algún momento en la escala analógica, pero seguiremos en contacto a través del espacio digital. Salimos de vidas analógicas; entramos en las digitales; ambas humanas: equiparadas por absurdancias comunes en ambos mundos. Cambiaremos de trabajos y de vida; se seguirán borrando nuestros rostros de tantos lavarlos con agua del grifo y secarlos después con toallas todas las mañanas. ¿Qué ocurre con la cantidad de células epidérmicas que se desprenden de nuestro rostro cada amanecer, lavado tras lavado de cara? Caen por el desagüe, vale, pero, ¿se dirigen a algún refugio ignorado? ¿Forman otros cuerpos, otras caras, las caras que dejamos de ser en esta vida en la que cada minuto hace viejo al anterior? Creemos que el tiempo se desarrolla en forma de flecha, hacia adelante, pero a veces todo parece que pega tumbos en círculos y torbellinos sin fin que nos engullen sin ni siquiera eructar después, tras hacer la digestión de nuestras existencias.En el mundo analógico existían los almacenes de objetos perdidos; en el digital, ¿existirán los depósitos de seres perdidos?

Caras A y B

Vinilo
Vinilo

En la vida nos vamos definiendo por lo que hacemos, y por lo que dejamos de hacer. Tenemos, como los vinilos de antes -ahora felizmente de moda de nuevo- cara A y cara B. En la A se va reflejando lo que hicimos, y los que nos queda por hacer antes de que se nos agote el tiempo y el contador llegue a su fin. En la B se almacenan decisiones que no tomamos: el novi@ que no tuvimos; el beso que no dimos a tiempo; la carrera que no nos atrevimos a hacer; el tren que dejamos pasar. Hay gentes incluso con cara C: seres terribles con muchas cosas que ocultar (aunque aquí viene al pelo una cita del escritor norteamericano Mark Twain: Every one is a moon: has a dark side which he never shows to anybody / Cada uno es una luna: tiene una cara oculta que nunca muestra a nadie). Poner en el giradiscos siempre la cara B, aunque no está mal recordarla a pequeñas dosis, conduce a la melancolía, que tiene su punto de amarga dulzura si no se abusa de ella. De la cara C de algunos de nuestros semejantes (o mejor, de nuestros repugnantes) mejor no hablar, porque se pueden reventar los altavoces. Así que me quedo con la cara A de la existencia: lo que nos queda por hacer, con un poco de arrojo y valentía; aún falta mucho tiempo para que la aguja llegue al final de los microsurcos del vinilo, si bien los surcos de la realidad ya se van marcando en nuestros rostros a estas alturas de la audición. ¡Carpe diem!