Luciérnagas

Luciérnaga
Luciérnaga

«Nunca he visto una luciérnaga. Tengo ya una edad; casi que estoy en el ecuador (supongo) de mi existencia (según las estadísticas), pero todavía no he alcanzado a admirar su fulgor, su brillo en una noche oscura, su guía luminosa. Tampoco me he adentrado en un bosque en una noche cálida a ver si me topo con alguna, y está claro que por su gusto no me van a salir al paso a saludarme, así que tendré que esforzarme. Otras cosas las he visto ya y, bueno, en algunos casos ha merecido la pena la espera; en otras, pues tampoco era para tanto; luego hay ocasiones que se ha presentado algo inesperado cuyo resultado ha sido sorprendente. Pero las luciérnagas… Nunca he visto ninguna, y espero que no tenga que morime sin verlas, así que perseguiré lo que se parezca a un fulgor o a un brillo iridiscente, a ver si es una de ellas.»

Gustirrinín

Monumento
Monumento

Las ciudades están llenas de estatuas de caballos con pintorescos seres a cuestas: a veces son generales, a veces príncipes, a veces reyes. Al revés no suele ocurrir: «Monumento dedicado al jamelgo que tuvo que soportar el maloliento culo del patán aquel que amargó a su pueblo». También hay otros monumentos dedicados a valerosos soldados o a adustos próceres. Casi siempre son hombres los homenajeados. Pero no abundan monumentos dedicadas a cosas más próximas, a inventos cercanos: un monumento, por ejemplo, dedicado a quien tuvo la genial idea de cuajar unos huevos y unas patatas en un cacharro de cocina para crear la tortilla española, u otro para alabar a la madre naturaleza que creó en nuestro cuerpo las terminales nerviosas que dan gustirrinín a los diversos sentidos, incluso otro más «a la memoria de aquellos que dedican su vida a hacer felices a los demás y no a joder la marrana». Estos últimos serían unos monumentos de diseño más complicado, sin duda, pero que también despertarían una general admiración ciudadana.

Memoria de los afectos

Castilla
Castilla

Volví al lugar en el que pasé muchos veranos de mi infancia. Recorriendo lugares familiares, me di cuenta de cómo cambia la percepción de las cosas con el transcurso del tiempo. Aquella casa que imaginaba tan grande y lustrosa, es mucho más modesta ahora que la veo, y está en la esquina de una calle que es diminuta en comparación con el recuerdo que guardaba de ella. Una laguna que en mis sueños surgía como una gran cristalera de agua en medio de un campo verde de Castilla aparece ahora como una reducida charca sombreada con unos pocos álamos. Pero hay memorias, en cambio, que con el tiempo se engrandecen: los afectos, el recuerdo de la mano de mi madre agarrando la mía cuando nos llevaba a recorrer su pueblo, a buscar níscalos y manzanilla, según la temporada, por los pinares cercanos en los que ella también jugaba cuando fue cría… Todo el amor que nos dio… La memoria del afecto no dejará nunca de crecer.