Los soles cuadrados

Girasoles
Girasoles

Cuando tienes un niñ@, la vida cotidiana se te llena de sorpresas de colores. Camino de la oficina, en el metro, al meter la mano en los bolsillos del abrigo te aparece un cochecito, o de la cartera brinca ese muñeco que tanto le gusta a la niña y que te ha confiado tras dejarla en el cole. En plena sesuda reunión de trabajo descubres los garabatos locos con que alegró tu aburrido bloc de notas; en otra hoja quizá haya escrito con tiernos palotes las letras de su nombre. Y, entre tanta gravedad cotidiana, ante tantas noticias tan sombrías, no puedes por menos que sonreír al acordarte de sus ocurrencias y de sus descubrimientos; de que hace poco le diera por pintar soles cuadrados por todos lados, aunque alguien le precisara, como si ella no lo supiera de sobra, que el astro rey es redondo. «Pero es que yo tengo que usar mi imaginación, papi», zanjó resuelta. Los soles cuadrados de su pequeña existencia que alumbran todo mi universo; no en vano mi niña se llama Estrella.

Experiencias místicogaseosas

Gas
Gas

Mucho tiempo atrás tuvo un amigo que, cuando adolescente, en ese tránsito de dolor entre la infancia y la edad adulta, creía interpretar la voluntad de un dios -no tenía muy claro cuál de ellos- a través de los gases de su cuerpo. Sí, era curioso y sin duda herético: el chaval aquel se tumbaba en la cama después de comer y prestaba mucha atención al movimiento de sus intestinos. Mediante esos meneos de su aparato digestivo, él hablaba con su dios; su iglesia estaba en su organismo. Bueno, en estas cosas cada uno es muy libre de perder el tiempo como le apetezca. Hace años que no se ven. No sabe, por tanto, si su amigo acabaría conducido a alguna hoguera, por hereje, convertido en sí mismo en una tea humeante de gas al encuentro con su Creador, o si habrá preferido acabar con sus experiencias gaseosoreligiosas a golpe de Aero-Red.

Pespunteando el horizonte

Puesta de sol
Puesta de sol

Bandadas de aves en formación perfecta salpicaban ayer por la tarde, cuando no faltaba mucho para la puesta de sol, el cielo de Madrid desde mi ventana, hacia el ¿suroeste? Era una tarde gris, pero las aves volaban por encima de las nubes que impedían dejar pasar el sol, y sus cuerpos actuaban reflejando hacia abajo los rayos solares, pespunteando el horizonte nublado con destellos intermitentes. Lo hacían con tal perfección que en algunos momentos el dibujo de su vuelo se asemejaba a una vainica doble. Eran puntos luminosos que rompían el gris invernal celeste, y su belleza superaba con creces a cualquiera de las lucecitas de colores que estos días de Navidad adornan las calles de esta gran metrópoli.