Ensalada de morera

Morera
Morera

«Verá, doctora. De pequeño criaba gusanos de seda en una caja de zapatos, un entretenimiento casi desaparecido ahora, en esta generación de niños atados a consolas audiovisuales. Creo que una vez también tuve una lagartija en una caja; decoré las paredes con recortes de libros (de paisajes que suponía que le podían agradar al bicho aquel, claro, para no traumatizarle). Pero lo de los gusanos era un pasatiempo curioso, mi favorito. La vida se desarrollaba apresurada  entre las cuatro paredes de esa caja, en un trasunto de la propia existencia: huevos, gusanos, capullos, mariposas… con mucha morera de por medio. Y ahora, tantos años después de la experiencia gusana, y talludito como estoy, me veo en mi piso, también entre cuatro paredes. Y a veces alzo la mirada al cielo, intentando interpelar al señor de los gusanos (o de los capullos, que abundan mucho; mariposas también las hay, pero menos): le hago alguna que otra pregunta a ese señor, pero no obtengo respuestas y sólo escucho el silencio. Así que, preso del aburrimiento, me voy a preparar una ensalada de morera para matar el tiempo: ¿alguien tiene algún aliño especial?»

Tarde de Carnaval

Piratas
Piratas

Mi niña Estrella, transformada en una feroz pirata, libra un duelo contra su amigo David, convertido en spiderman armado con tridente. ¡Qué mala pata!: su espada se le parte en el fragor de la desternillante lucha. Más tarde se echan a correr, en una carrera interminable en compañía de la bailarina Irene y de la mosquetera Inés, y acaban rodando por el suelo en un mar de risas. En el gimnasio que alberga la fiesta infantil hay música y mesas con bocadillos, palomitas, pasteles, bebida, patatas fritas. Uno de los camareros, ataviado al modo pirata y como recién salido de La isla del tesoro, sirve refrescos en vez de ron y le pregunta con un gran vozarrón a Estrella: ¿Eres del mismo barco que yo? Ante la curiosidad del pirata, la niña, ahora en compañía del demonio Gonzalo, de la tigresa Martina y del payasete Gabriel, se parapeta con una tierna vergüenza detrás de una montaña de ganchitos. Y sigue la diversión. Así fue la celebración del Carnaval en el colegio de mi hija. Una celebración más en esa infancia que es patria de la libertad, de la alegría, de los sueños y de la imaginación, con o sin disfraz. Mucha excitación para un gran día que terminó con Estrella rendida en la cama, soñando sin duda con más aventuras, surcando los siete mares.

Los soles cuadrados

Girasoles
Girasoles

Cuando tienes un niñ@, la vida cotidiana se te llena de sorpresas de colores. Camino de la oficina, en el metro, al meter la mano en los bolsillos del abrigo te aparece un cochecito, o de la cartera brinca ese muñeco que tanto le gusta a la niña y que te ha confiado tras dejarla en el cole. En plena sesuda reunión de trabajo descubres los garabatos locos con que alegró tu aburrido bloc de notas; en otra hoja quizá haya escrito con tiernos palotes las letras de su nombre. Y, entre tanta gravedad cotidiana, ante tantas noticias tan sombrías, no puedes por menos que sonreír al acordarte de sus ocurrencias y de sus descubrimientos; de que hace poco le diera por pintar soles cuadrados por todos lados, aunque alguien le precisara, como si ella no lo supiera de sobra, que el astro rey es redondo. «Pero es que yo tengo que usar mi imaginación, papi», zanjó resuelta. Los soles cuadrados de su pequeña existencia que alumbran todo mi universo; no en vano mi niña se llama Estrella.