Caligrafía (II)

Amos Oz
Amos Oz, en su casa en Tel Aviv

Dicen del gran escritor israelí Amos Oz, recientemente fallecido en estos estertores de 2018, que solía enviar notas manuscritas a mano a sus amigos, porque no se convirtió nunca a las modernas formas de comunicación, según reseñó un artículo necrológico de El País.

O sea, que este eterno candidato al premio Nobel de Literatura, autor de la bellísima obra Una historia de amor y oscuridad, en la que narra de forma autobiográfica la vida de su familia desde Europa del Este hasta llegar a Jerusalén, tal vez creyera más en el poder del manuscrito, de la caligrafía, que en el poder de las pantallas. Desde luego que su obra está repleta de fuerza, y todos sus libros son una lectura recomendable para quienes quieran conocer la realidad de Israel y Palestina, un tema sobre el que se habla con demasiada ligereza y, con frecuencia, con demasiados prejuicios y lugares comunes.

Firme defensor de la paz y de la coexistencia entre los dos estados, cronista de la historia de su joven país, hombre de izquierdas y baluarte de la de la tolerancia frente a los fanáticos, su marcha priva de voz, que no de palabras, a todos quienes se identificaban con sus libros, especialmente con esa historia de amor y oscuridad que es uno de los libros más hermosos que yo he leído jamás.

Nostalgia de “¿como están ustedes?”

Si asomaran los payasos por el borde de la tele (no los tristes payasos que entristecen la realidad todos los días, sino los de antes, los de la familia Aragón, los de verdad) y preguntaran “¿cómo están ustedes?”, la respuesta no iba a ser demasiado entusiasta, pero seguro que a más de uno se nos dibujaría una sonrisa en el rostro. Una sonrisa, incluso una risa, que es el mejor arma contra el miedo que nos atenaza en estos tiempos oscuros de crisis sin fondo. La risa que conocimos los que fuimos niños con ellos, con los payasos de la tele, y aquel su mágico saludo de bienvenida al mundo de la risa, del humor. Hace falta reír, pero es que hay muy pocos motivos. En la negra España, con este triste ser que tenemos de presidente, en cuyos doce meses de victoria electoral todo ha ido a peor. En la gris Europa, que nos lleva del brozal de los recortes sin que se sepa muy bien para qué vale tanto sufrimiento, salvo para darle gusto a Merkel y a los bancos alemanes, porque la recesión sigue viento en popa. En el mundo, lleno de locura y mezquindad (una buena noticia: alto el fuego en Oriente Próximo; ojalá dure y se llegue a una solución definitiva de dos estados que coexistan y convivan). La risa vence el miedo, como bien sabía Miliki, que acaba de irse seguro que sin dejar de sonreír y cuyas canciones seguirán trayéndonos risas del pasado, y risas de futuro a mi hija.

Que se dejen de zurriagazos

Coexist
Coexist

Los Balcanes del siglo XXI llevan muchísimo tiempo desplazados a Oriente Próximo, en donde el sonido de los tambores de guerra no ha dejado de sonar. Ahora vuelve, insistente, con aroma de muerte, en el enésimo choque entre Palestina e Israel, después de los cohetes lanzados por los primeros contra los segundos, y la respuesta de los segundos, con el trasfondo del debate en este mes de la justa pretensión de Palestina de ingresar como estado observador de la ONU, y las próximas elecciones en Israel en 2013, y , y, y… Demasiados decenios ya sin una solución definitiva. Yo defiendo Israel como nación democrática, el país tan vinculado a nuestra Sefarad, que ha alumbrado músicos que a mí me gustan tanto, como David Broza, Yasmin Levy, Mira Awad, Mor Karbasi…; escritores como Amos Oz, David Grossman… Grandes intelectuales que abogan por una nación en paz con su entorno, y que sea respetada por su entorno, por supuesto. Y defiendo también una Palestina democrática y que vele por el desarrollo de la igualdad y la justicia social. Dos estados que coexistan. ¿Por qué es tan difícil? Quizá haga falta una gran alianza de los sectores más moderados de ambos lados, que den la espalda a los extremistas de una y otra parte. Mientras este avispero no se calme, esa zona del mundo seguirá siendo un quebradero de cabeza permanente.