Asco de caspa

Leire Pajín
Leire Pajín

Llevamos unos cuantos años de democracia, pero la caspa sigue sobre los hombros de muchos hombres en forma de ese rancio machismo que les lleva a descalificar a cualquier mujer por el mero hecho de serlo, sobre todo cuando ejercen una responsabilidad. Este jueves hubo un profundo bramido de la caverna, en forma de los gruesos, irreproducibles palabros que el señor (¿?) alcalde de Valladolid (¿aún sigue siéndolo?; pues qué vergüenza) vomitó a cuenta de la nueva ministra de Sanidad (e Igualdad), Leire Pajín.  El señor (¿?) De la Riva, o De la Caverna, refleja una concepción atrasada, machista, repugnante y zafia. Algunos lo asemejan a un hombre prehistórico; quién sabe: quizá en Atapuerca estaban ya más evolucionados que este ser. Son muchos los que están advirtiendo de una involución machista: y ojo, porque no debemos dar ningún territorio por ya conquistado, especialmente cuando está en juego una clave tan delicada como la de la igualdad de la mujer, que es la verdadera prueba del algodón del desarrollo de una sociedad democrática, por mucho que a algunos personajes -por ponerme al nivel de su alto discurso intelectual- estos temas les toquen los cojones. Impresentable.

Web antilacra

Machismo
El machismo mata

El combate contra el machismo criminal que sigue tiñendo de rojo la piel de toro dispone desde este jueves de una nueva herramienta: una página web específica con medios dirigidos al apoyo y prevención ante casos de violencia de género, con el objetivo de «acercar los recursos existentes en todo el territorio nacional a las víctimas, sus entornos y a los profesionales», como explicó la ministra de Igualdad, Bibiana Aído. La web ofrece un mapa nacional de unidades asistenciales, policiales y judiciales, servicios de información y asesoramiento, asociaciones de mujeres, atención policial, juzgados, y servicios de asesoramiento legal, que se irán actualizando de forma periódica. Por motivos de seguridad, no se incorporan los centros de recuperación integral, ni las casas de acogida, ni los pisos tutelados, es de suponer que para evitar dar pistas a las malas bestias que siguen cometiendo estos crímenes en nuestro país. Esta nueva herramienta permite la localización de los distintos recursos que tanto administraciones públicas, como instituciones privadas y organizaciones no gubernamentales, ofrecen a las víctimas para la prevención o asistencia ante casos de violencia de género. Instituciones privadas y públicas codo a codo, por tanto, contra esta lacra. Y recuerden que hay un teléfono las 24 horas al día, los 365 días del año, para atender estos casos, el 016.

La culpa siempre es de ellas

Sara Carbonero
Sara Carbonero

Parece mentira que el mundo ruede y ruede, vivamos en la era digital dospuntocerista y los seres humanos nos aprestemos a explorar Marte. Porque hay cosas que no cambian, especialmente todas las relacionadas con nuestros a menudo retrógrados usos y costumbres; los prejuicios más acendrados que nos salen por los poros. Ejemplo: siempre la culpa de lo que va mal es de las mujeres, que tienen una naturaleza maléfica y perversa que pierde al inocente hombre, siempre. Lo ha sido desde el principio de los tiempos y lo sigue siendo. Lo sostiene hasta un diario tan «serio» como el británico The Times, cuando informó con grandes titulares de la reciente derrota de la escuadra española frente a la helvética: Sexy Sara sinks Spain (La sexy Sara hunde España -o sea, la reportera de Deportes de Telecinco desplazada a Suráfrica, al parecer novia del portero de la selección para los profanos del mundo esférico, como es mi caso, y que, claro, descentra al joven, pobre-). La culpa siempre es de ellas, siempre. Adán se perdió por Eva. Troya se perdió por una tal Helena. Los Beatles se separaron por Yoko Ono (lo cantaban con ironía los Def con Dos: «La culpa de todo la tiene Yoko Ono»). Oigan, pero, ¿no somos tan modernos?, ¿y seguimos con estos rancios y casposos prejuicios machistas y estas milongas? Deseo con toda mi alma, y lucho por ello, que mi hija pueda vivir en una sociedad libre de estas miserias, pero cada vez lo tengo menos claro. Qué pena me doy; qué pena damos.