9 de noviembre

Cecilia
Cecilia

Ya pasó el 9 de noviembre, el del ramito de violetas de Cecilia, y la fecha sirvió para celebrar en Madrid un gran concierto de homenaje para el que no había entradas y que me perdí. Pero es grato constatar el recuerdo que tantos y tantas siguen tributando a una artista tan prematuramente desaparecida, en 1976, cuando tan solo tenía 27 años. Yo descubrí a Cecilia cuando era más joven. Y es curioso lo rápido que me enganché a sus tema. Yo, que en aquel entonces tenía una dieta casi exclusiva de blues y rock, me quedé ensimismado con una artista poliédrica e inclasificable, con unos textos de un nivel literario muy destacados, y que desprendía una fuerza casi hipnótica. Cecilia le cantaba a una España que en ese momento se asomaba a la transición democrática tras los cuarenta años de plomo de la dictadura y su música desprendía un aroma de libertad y progreso que la emparentaban con grandes artistas anglosajones del otro lado del charco. Cecilia le cantaba sin complejos a España, y en ella, por desgracia, tan temprano encontró la muerte. Pero su música sigue sonando y ya forma parte de la banda sonara de generaciones y generaciones de compatriotas. Con un pie, por si acaso, siempre en el estribo, como ella cantaba, hay que seguir andando y haciendo camino.

Los de Madrid

Bandera de la Comunidad de Madrid
Bandera de la Comunidad

Madrid es tierra de aluvión. Aquí han convergido, y nos hemos mezclado, españoles de las cuatro esquinas de la piel de toro. En mi generación había pocos, poquísimos chavales cuyos padres fueran madrileños, gatos, de pura cepa. Eran raros. “¡Anda, que tu padre es de Madrid!”, decía uno con asombro cuando conocía las parentelas de alguno de clase; era muy raro y hasta exótico. Madrid sigue siendo rompeolas de las Españas, y por eso nunca ha encontrado aquí sustento un partido madrileñista o regionalista, y lo poco que hubo apenas quedó en una expresión minoritaria e incluso pintoresca. En Madrid es raro que alguien te espete un “¿eres de fuera?” si escucha un acento de fuera, porque ser, lo que se dice ser, todos somos de fuera o con raíces de esa afueridad. A los de Madrid, y eso es una grandeza, mal que les pese a algunos, no se nos enseña el desprecio a otras regiones, ese sinsentido, y por eso llama tanto la atención cuando uno se encuentra gentes o comentarios que no simpatizan con “los de Madrid», como si los de Madrid, cuando cenamos por la noche, nos reuniéramos en oscuros conciliábulos para conspirar contra estas o a aquellas regiones. Es una tontuna recordar estas cosas, y es triste tener que hacerlo en estos tiempos de convulsiones territoriales que nunca entenderé. Así es como siento yo Madrid, como una comunidad que es tierra de acogida y punto de encuentro, donde nadie es de fuera porque casi todos somos o tenemos orígenes de fuera, con todas sus virtudes y todos sus defectos. Y donde tenemos una bandera regional, siendo yo poco amigo de las banderas, que es una de las más bonitas del mundo al simbolizar las siete estrellas de la osa mayor, que tan claramente se divisa en estos cielos madrileños con aspiración de ser universales. Si Madrid, algún día, dejara de ser de esta manera, se replegara y se contrajera, perdería su alma y su esencia. Y esa bandera estrellada  habría perdido todo su sentido.

El teatro a la calle

Cuánta razón
Cuánta razón

En la madrileña Cuesta del Moyano ha aflorado un escenario temporal –hasta el 24 de septiembre-, que simula los corrales de comedias que se instalaban en las plazas durante el Siglo de Oro, y que nos devuelve el teatro a pie de calle. La idea es fruto de la colaboración entre el Ayuntamiento y la Fundación Siglo de Oro. Una de las obras que tienen en cartel es una fábula entre un encuentro imaginado entre dos cimas literarias de aquellos tiempos, Miguel de Cervantes y William Shakespeare, bajo el título Los espejos de Don Quijote. Es una pieza escrita y dirigida por Alberto Herreros con motivo del 400 aniversario del fallecimiento del autor alcalaíno. Divertida y entretenida, con diálogos muy bien escritos y un brillante monólogo final, la obra invita a acercarnos a los libros de Cervantes, pues, como dice con ironía el propio actor que encarna al autor, haríamos mejor en recorrer sus obras que en buscar sus huesos. Sucede mucho en este país con los clásicos: todo el mundo habla de ellos, nadie los lee. Ocurre también con la obra de otro autor que tampoco debemos olvidar, especialmente por la hondura, el ingenio y el calibre de sus textos, Lope de Vega, del que se descubrió –como consecuencia de la labor de un investigador en la Biblioteca Nacional– una obra inédita, Mujeres y criados, que también está en cartel en este escenario efímero y con fecha de caducidad de la Cuesta del Moyano, pero con obras que están llamadas a perdurar.