Carta al monseñor

Rouco Varela
Rouco Varela

«Estimado (¿?) monseñor. Escucho sin devoción sus últimas declaraciones acerca de su honda preocupación sobre el futuro de las pensiones y de las prestaciones por desempleo, y me pregunto si se ha convertido usted a la fe socialdemócrata. Y es que no recuerdo que la Iglesia fuera la impulsora de los derechos sociales que nos asisten en esta democracia. Es más, pensaba yo, fíjese en mi inmenso error, que eran conquistas que propulsaron sus -sin duda- bienamados gobiernos socialistas, pero es que tengo el cerebro horadado por la propaganda gubernamental cual queso emmental. Está claro que vivo desnortado y sin unas gafas tan potentes como las suyas para ver entre las tinieblas; ¿puede recomendarme a su oculista ante mis problemas de visión? Habla también de que en la sociedad «urge una conversión política y jurídica», pero no acaba de precisarlo. ¿Se refiere a una conversión al marianismo? ¡Ay, pillín, pillín, que se le ve el plumero! Me despido ya, como hice en una carta anterior: ni suyo, ni afectísimo.»

Viejo profesor

Tierno Galván
Tierno Galván

Van 24 años desde su muerte. Se fue rodeado del afecto de miles de personas que convirtieron su sepelio en una sobrecogedora manifestación de duelo popular tras la recuperación de la democracia. Gobernó Madrid desde la izquierda; le sacudió la caspa acumulada por tantos años de dictadura, en plena movida madrileña. Le devolvió el orgullo de ser una extraordinaria capital, sin olvidarse de los barrios, como el mío natal de Carabanchel Alto, a los que dotó de alumbrado, asfalto, parques, centros culturales y educativos. Sí, cosas que ahora parece que llevan toda la vida con nosotros, pero que eran una utopía cuando muchas de estas barriadas de aluvión crecieron sin planificación alguna durante el desarrollismo franquista. Planteó su cargo con socarronería y proximidad ciudadana; era frecuente verle en fiestas y celebraciones de la periferia de la villa, en inauguraciones como la de la biblioteca de Carabanchel Alto, que decoró sus muros con una de sus sentencias: «A la igualdad por la cultura». Me acuerdo dal adolescente conmovido que vio pasar su coche fúnebre por la Puerta de Alcalá y que, tras decirle hasta siempre, se fue con unos colegas a tomar unas litronas y a recordarle a los Jardines de Sabatini. Cuánto se te añora, querido viejo profesor, querido Enrique Tierno Galván.