% y molde

Montaigne
Montaigne

Admiro estos cacharros electrónicos contemporáneos de bolsillo, que en unos pocos centímetros cuadrados reúnen capacidades para realizar mil cosas: hablar por teléfono, ver vídeos, hacer fotos, conocer las cotizaciones bursátiles, navegar por Internet, leer el correo… Aunque, al final, casi siempre acaba uno usando menos cosas de las que el aparato nos ofrece y se limita a emplear unas pocas. Suele pasar lo mismo con nuestra vida: traemos muchas posibilidades de serie en nuestro manual de instrucciones (aunque vengamos sin él cuando nacemos), pero a la postre empleamos sólo unas cuantas, un pequeño tanto por ciento. Y, además, lo que hacemos se guía casi siempre por el molde de lo que hemos venido haciendo desde siempre, por la tiránica fuerza de la costumbre que describía el pensador francés Michel de Montaigne allá por el siglo XVI: «Porque la costumbre es en verdad una maestra violenta y traidora. Establece en nosotros poco a poco, a hurtadillas, el pie de su autoridad; pero, por medio de este suave y humilde inicio, una vez asentada e implantada con la ayuda del tiempo, nos descubre luego un rostro furioso y tiránico, contra el cual no nos resta siquiera la libertad de alzar los ojos» (Los ensayos, según la edición de 1595 de Marie de Gournay, cap. XXII. Barcelona: Acantilado, 2007). Así pues, ahí quedan dos cuestiones para reflexionar: ¡Incrementa el tanto por ciento de ti mismo que usas! ¡Rompe los moldes y las costumbres! ¿Por qué no intentarlo? ¿Vamos a ser menos que un smartphone?

La maqueta

Maqueta
La maqueta

«Contemplo desde los ventanales de mi despacho, en la planta 33 de un edificio al suroeste de esta capital, el bullir de las calles en esta tarde soleada, la ciudad postrada decenas de metros más abajo, como una miniatura. Tras un rato de ensimismamiento, los ojos se me van luego hacia una maqueta real de otra ciudad en la que viví hace muchos años; la encontré tirada en el despacho de una compañera. Estaba algo mutilada y llena de polvo, la rescaté y aquí la tengo, al lado del ordenador, de pisapapeles, para que no vuelva a extraviarse. Me imagino las minividas de las gentes en esta maqueta: el ir y venir de Antón al periódico, el camino que Helena seguía para asistir a las clases del instituto, la ruta que hacía la señora Uxía para comprar en el mercado quesos de nabiza y lacones; tiempo ha. Vuelvo la mirada hacia las cotizaciones del Dow Jones y del Ibex 35 de la pantalla; qué apasionante. Y los ojos se distraen de nuevo con la maqueta: creo haber entrevisto una luz encendida en una casita del centro, al lado de la catedral; sí, es una estudiante que se aplica sobre los libros; y de otro edificio de la calle de la Reina me sube un olor a bizcocho recién hecho. Lo único que le falta es que la riegue un poco; este despacho tiene el climatizador a tope, el ambiente está muy reseco y esta maqueta debe añorar las lluvias de la ciudad que representa. Quizá la riegue, sí, y le pinte algún tejado de colorines, para alegrar el gris.»