Contra la crispación

Gabrielle Giffords
Gabrielle Giffords

El atentado de Tucson (Arizona) contra una parlamentaria demócrata estadounidense debería actuar como una advertencia. Un aviso contra todos los que tensan la vida política hasta hacerla irrespirable; quienes desprecian a su oponente político y sólo profieren invectivas, diatribas y escupen palabras que otros acaban convirtiendo en balas asesinas. Quienes incendian la vida política, de uno y otro signo, aunque no es casual que siempre en el bando de las víctimas suelan estar quienes tienen una mentalidad progresista, como Gabrielle Giffords. Y un aviso también contra la enloquecida proliferación de armas en Estados Unidos, que ya describió hace años el cineasta Michael Moore en el documental Bowling for Columbine, sin demasiado éxito hasta ahora.

Putogato

Putogato
Putogato

«Putogato aquel. Fuckingcat. Menuda me lió. Siempre tenía calor el jodío bicho. Siempre. Desde que le rescaté entre unos arbustos del patio de mi casa. Siempre parecía quejarse de tener mucho pelo. Pues haber nacido calvo, o en Groenlandia, no te jode, le decía yo. Le encantaban las bebidas frías con mucho hielo. Sus favoritas eran los gintonics. Cuando me descuidaba, le pegaba un lametazo al cóctel que siempre me acompaña en la medianoche. Sus ginebras favoritas, la Hendrick’s y la Seagram’s que me recomendó Pat. Qué pajaro. No sé qué pasó aquella noche de agosto, aunque lo barrunto. Me despertó un ruido raro del motor de la nevera. Y el olor a chamusquina. Me acerqué al refrigerador, y allí estaba. Había un arañazo en la puerta. Se ve que putogato quiso abrir la puerta buscando un hielo. Qué loco. Y había un cable pelado. Pobre. Se quedó tieso como la mojama. Cuando le saqué de debajo de la nevera ya estaba como él siempre quería, frío.»

Añil, verde y blanco

Colores manchegos, en Almagro
Colores manchegos

Comencé el año en La Mancha. Recorriendo las llanuras manchegas, tan subyugantes, alternando del cereal al viñedo, del páramo aparente -pero lleno de vida- a los inmensos humedales de Las Tablas de Daimiel, que se asemejan a un espejismo, uno de los mayores espectáculos que se puede encontrar en el medio de la península. Un mar en el medio de Castilla. Son tierras aún hoy en día muy desconocidas para muchas gentes, que bien merecen muchas visitas. Sumergirse en su intenso cielo azul, que se ve reflejado en el añil que colorea muchas edificaciones rurales que salpican sus verdes campos. Reconfortar el cuerpo con sus platos tan sencillos y tan deliciosos, sus asadillos, pistos, duelos y quebrantos, migas, su vino, las berenjenas de Almagro, el queso manchego: sin duda, el mejor queso del mundo. Es la tierra de mi padre, manchego de Ciudad Real. Las mismas tierras que vieron pasar a don Quijote y a Sancho, protagonistas de una novela que, como siempre me recuerda mi mujer, no es sino la más hermosa historia de amistad entre dos almas tan dispares que se puede encontrar en la literatura universal. Conocer La Mancha es enamorarse de ella.