Gustirrinín

Monumento
Monumento

Las ciudades están llenas de estatuas de caballos con pintorescos seres a cuestas: a veces son generales, a veces príncipes, a veces reyes. Al revés no suele ocurrir: «Monumento dedicado al jamelgo que tuvo que soportar el maloliento culo del patán aquel que amargó a su pueblo». También hay otros monumentos dedicados a valerosos soldados o a adustos próceres. Casi siempre son hombres los homenajeados. Pero no abundan monumentos dedicadas a cosas más próximas, a inventos cercanos: un monumento, por ejemplo, dedicado a quien tuvo la genial idea de cuajar unos huevos y unas patatas en un cacharro de cocina para crear la tortilla española, u otro para alabar a la madre naturaleza que creó en nuestro cuerpo las terminales nerviosas que dan gustirrinín a los diversos sentidos, incluso otro más «a la memoria de aquellos que dedican su vida a hacer felices a los demás y no a joder la marrana». Estos últimos serían unos monumentos de diseño más complicado, sin duda, pero que también despertarían una general admiración ciudadana.

Memoria de los afectos

Castilla
Castilla

Volví al lugar en el que pasé muchos veranos de mi infancia. Recorriendo lugares familiares, me di cuenta de cómo cambia la percepción de las cosas con el transcurso del tiempo. Aquella casa que imaginaba tan grande y lustrosa, es mucho más modesta ahora que la veo, y está en la esquina de una calle que es diminuta en comparación con el recuerdo que guardaba de ella. Una laguna que en mis sueños surgía como una gran cristalera de agua en medio de un campo verde de Castilla aparece ahora como una reducida charca sombreada con unos pocos álamos. Pero hay memorias, en cambio, que con el tiempo se engrandecen: los afectos, el recuerdo de la mano de mi madre agarrando la mía cuando nos llevaba a recorrer su pueblo, a buscar níscalos y manzanilla, según la temporada, por los pinares cercanos en los que ella también jugaba cuando fue cría… Todo el amor que nos dio… La memoria del afecto no dejará nunca de crecer.

La afonía

Silencio
Silencio

En este país en el que tanto se estila pegar voces y no escuchar al contrario, en el que cualquier argumento es válido siempre y cuando tenga forma de garrotazo sobre la cabeza del contrincante, ya sea este el cuñao o la vecina de planta, ¿se imaginan una epidemia de afonía que silenciara las cuerdas vocales? ¿Qué iba a ser de las reuniones de vecinos, de las sobremesas de los domingos, de las tertulias radiofónicas..? ¡Oh, pobres, las tertulias radiofónicas, plagadas de seres que lo mismo pontifican sobre la tragedia termonuclear de Japón que sobre la cría del cerdo celta en las montañas de Os Ancares! La verdad es que todo españolit@ lleva un contertulio dentro, ansioso de saciar su hambre de micro. ¿Y si se hiciera de repente el silencio en España? Sería algo así como sustituir de golpe las vidrieras de vivos colores de algunas catedrales por esas láminas de alabastro que se aplican en los ventanales de los templos de algunas partes de España: se pierde en, digamos, impacto visual, pero se gana en los matices de una luz tamizada, que deja entrever todos los tonos que van del gris al negro.