Orejas aduendadas

Duende
Duende

Mi hija Estrella llama “orejas aduendadas”… a las orejas de los duendes. Sí, a esos pabellones auriculares con terminación en punta, triangular y apuntada hacia arriba. Esa forma del cartílago que, por arte de magia, unos dedos dotados de poderes han estirado con garbo y gracia hasta darle la forma correspondiente, que distingue a los estos seres. Orejas aduendadas, las que suelen tener los duendes, vaya. A mí no se me ocurriría una mejor forma de denominarlas. “Triangulares, apuntadas…”. No: “aduendadas” es perfecto. Las orejas con las que se dotan los duendes. Ella suele tratar con ellos, para su fortuna y su suerte; para su imaginación. Yo, que yo me hice mayor, aunque no hace tanto tiempo, no encuentro semejantes orejas en mis semejantes, que en general se tocan/tocamos con pabellones auditivos más bien vulgares y tirando a feuchitos. Lo cual no quiere decir que no se encuentre uno en el camino con seres mágicos, pero sin esas orejas aduendadas que Estrella halla en los seres de sus cuentos.

Norma Jeane, tan sola

Blonde
Blonde

Norma Jeane Mortenson (o Baker), su verdadero nombre, para sus íntimos; la icónica Marilyn Monroe, su nombre artístico, clave en la cultura popular y el imaginario colectivo de la segunda mitad del siglo pasado. Murió sin afeites, sin maquillaje, este 2012 hace cincuenta años, y posiblemente, quién sabe, nunca encontró ese yo interior que se afanó toda su vida por buscar, esa identidad propia sepultada bajo kilos de maquillaje e impostura, bajo el acoso de multitudes de admiradores y de acosadores. Marilyn, tan sola, como magistralmente la describe la escritora norteamericana Joyce Carol Oates en su novela Blonde, un tocho de mil páginas que se lee de un tirón por lo que tiene de buceo en el complejo yo interior de la actriz, y que deja un sabor de boca tan triste por la vida desdichada que llevó Marilyn, que murió (o la murieron; esto nunca quedó claro) con solo 36 años, dejando imágenes tan perdurables en el imaginario colectivo. La persona “mitificada por millones de desconocidos, mientras la mujer de carne y hueso vomitaba por la taza del retrete”, escribe Oates, convencida de que “el camino de la vida es ser algo más que nosotros mismos, ¿no?”, que anhelaba querer y ser querida de una forma que, al final, no pareció encontrar. De Marilyn a mí me gusta la mujer que latía debajo de todo el maquillaje, la persona doliente y sufriente que recuerdo haber visto en una foto de periódico hace más de veinte años, el rostro de una belleza serena y sin artificios. El semblante de Norma Jeane, que quedó bien retratado no en sus grandes producciones hollywoodienses, sino en su última película, Vidas rebeldes, un filme crepuscular sobre la recta final de un conjunto de perdedores tristes y solitarios, que ansiaban la libertad y la vida a pesar de la pena, buscando, como acaba la película, el rastro de la Estrella Polar. Marilyn murió al año siguiente de concluir el rodaje de Vidas Rebeldes, y su estrella, cincuenta años más tarde, no se ha consumido. El mejor homenaje que se le puede hacer es seguir buscando ese yo interior, buscándonos también cada uno nuestro yo interior, sepultado tan a menudo entre las toneladas de afeites y oculto por los temores e inseguridades con los que cada cual nos desayunamos todas las mañanas. Esa desesperación de que nos amen por lo que verdadaremente somos, y de amarnos también a nosotros mismos. Todos hemos conocido a Marilyn, pero no a Norma Jeane.

Crisis de codicia

Codicia
Codicia

«Aquí en España, doctora, se ha concentrado una gigantesca crisis de codicia, que llegó a sus límites alimentada por el proverbial apego de cada cual a lo suyo y a la ausencia de sentimiento colectivo, al egoísmo del españolito y al ande-yo-caliente-ríase-la-gente. Los bancos lo pusieron todo perdidito de créditos tirados por los suelos, pero, ¡ay!, ya no nos queremos acordar de aquellos años en los que todos deseábamos que los pisos valieran más, y más, y más… Venga, doctora, que nos creímos todos millonarios de golpe y mi piso de mierda llegó a costar lo mismo que un adosado en las afueras de París. ¿No nos dimos cuenta de que aquello era una falacia que tenía que reventar o, más bien, no nos quisimos dar cuenta? Políticos y bancos tuvieron una enorme parte de responsabilidad, sin duda, unos por permitir la burbuja y no velar por el bien común y otros por llenarla de aire caliente, pero, ¿y el comportamiento de cada cual? ¿Para qué vale que el precio de su piso en aquel entonces creciera sin parar, si resulta que sus hijos no se podían emancipar? Las consecuencias de aquella locura colectiva de codicia las vamos a pagar durante generaciones: el país se endeudó hasta extremos, y ahora eso es el pretexto perfecto para recortar y recortar servicios públicos. Mi codicia, y la tuya, y la de aquel, y la de aquella, nos ha traído la ruina a tod@s. Gracias a tod@s por esta nada tan absoluta.»