Distopías que asustan: algunas cosas se van cumpliendo

Fahrenheit 451
Fahrenheit 451

El género distópico (obras que hablan de mundos futuros indeseables, creadas en muchos casos con intención de que reflexionemos sobre los riesgos que nos atañen como sociedad ante la evolución vertiginosa de estos tiempos) no cesa de generar productos y de ganar adeptos. Este verano leí El cuento de la criada, de Margaret Atwood, una ficción escrita en 1985 –no tan ficción en algunos aspectos- y que está muy de moda en las librerías porque describe la deriva totalitaria y teocrática en que se transforman los Estados Unidos, con las mujeres convertidas en esclavas sin ningún tipo de derecho… Asusta, pero hay rasgos de mucha actualidad, lo cual asusta doblemente. Distopías varias me marcaron en la adolescencia, como 1984, de Orwell, o Fahrenheit  451, de Ray Bradbury. Ahora me tiene fascinado una serie de Netflix, Black Mirror, acerca del impacto perverso que tienen las nuevas tecnologías en sociedades de un futuro que cada vez es más presente. La primera temporada de Black Mirror, de 2011, presenta cachivaches electrónicos, maneras y comportamientos que, hoy por hoy, ya son una realidad en algunos aspectos. Las distopías son útiles en tanto que abren debates sobre los límites de la ética, la imposición de una nueva “moral” y la manera en que rayas rojas que creíamos inviolables se traspasan una y otra vez, con los consiguientes riesgos para derechos y libertades que parecían no tener vuelta atrás. Pero ojo, que ya están aquí… Y es muy fácil dejarse manipular por lo cool, lo guay, que son unas modernas tecnologías que, sin duda, traen muchos beneficios, pero comportan una parte de riesgo sobre la que debemos estar prevenidos. Al móvil es mejor irlo mirando con recelo; por si acaso, vaya.

El teatro a la calle

Cuánta razón
Cuánta razón

En la madrileña Cuesta del Moyano ha aflorado un escenario temporal –hasta el 24 de septiembre-, que simula los corrales de comedias que se instalaban en las plazas durante el Siglo de Oro, y que nos devuelve el teatro a pie de calle. La idea es fruto de la colaboración entre el Ayuntamiento y la Fundación Siglo de Oro. Una de las obras que tienen en cartel es una fábula entre un encuentro imaginado entre dos cimas literarias de aquellos tiempos, Miguel de Cervantes y William Shakespeare, bajo el título Los espejos de Don Quijote. Es una pieza escrita y dirigida por Alberto Herreros con motivo del 400 aniversario del fallecimiento del autor alcalaíno. Divertida y entretenida, con diálogos muy bien escritos y un brillante monólogo final, la obra invita a acercarnos a los libros de Cervantes, pues, como dice con ironía el propio actor que encarna al autor, haríamos mejor en recorrer sus obras que en buscar sus huesos. Sucede mucho en este país con los clásicos: todo el mundo habla de ellos, nadie los lee. Ocurre también con la obra de otro autor que tampoco debemos olvidar, especialmente por la hondura, el ingenio y el calibre de sus textos, Lope de Vega, del que se descubrió –como consecuencia de la labor de un investigador en la Biblioteca Nacional– una obra inédita, Mujeres y criados, que también está en cartel en este escenario efímero y con fecha de caducidad de la Cuesta del Moyano, pero con obras que están llamadas a perdurar.

Reivindicación de Ramón

Ramoncín, LP La Vida en el Filo
Ramoncín, LP La Vida en el Filo

La última vez que vi a Ramón en directo fue allá por la primavera de 1990, tras el recital de Madrid en el que se basó parte de su LP doble posterior Al límite, vivo y salvaje. Yo y un par de colegas salimos del concierto tan espídicos con aquel chute de rock, que nos metimos en el coche y no quisimos coger el camino de vuelta a casa. Nos dedicamos a dar vueltas por no sé qué autovía, haciendo tiempo, con las melodías resonando en nuestras cabezas, vagando en la noche. En el medio del asfalto presenciamos las consecuencias de un singular siniestro: una furgoneta había atropellado una vaca o un animal semejante, y aquel ser yacía, muerto, desparramado en el suelo, mientras que el morro del vehículo estaba totalmente hundido, formando pliegues a modo de acordeón. Vimos aquel extraño suceso y seguimos deambulando antes de irnos a la piltra. Ramón había estado espléndido esa noche, en un concierto inolvidable y que recuerdo con viveza a pesar de los muchos años transcurridos. Aquel chaval de barrio convertido en un icono del rock patrio nos hacía brincar y saltar a los otros muchos chavales y chavalas de barrio que acudíamos a sus conciertos. Dueño de un soberbio cancionero repleto de himnos urbanos cargados de furia y libertad, nunca entendí por qué, con el paso de los años, tanta gente se dedicó a verter tantísima saña contra él, a atropellarlo de manera tan despiadada y tan injusta. A lo largo de este tiempo me han llegado a través de los sumideros de Internet, en más de una ocasión, basuras varias contra su persona, bulos, calumnias, infundios de toda laya contra un artista de primer orden, sospecho que muchas veces divulgados y difundidos por personas que jamás habrán visto un concierto de Ramón, que jamás habrán vibrado con su música y que jamás se habrán enamorado al calor de su directo. Lástima de país tan amigo del despelleje. Ramón siguió avanzando, supongo que con mil heridas, y la justicia le absolvió en el asunto de la SGAE. Esta primavera nos regaló un set que compendia su obra de todos estos años, Quemando el tiempo (1978-2017). Ramón, Ramoncín, ha salido adelante a pesar de los muchos atropellos y, por fortuna y para disfrute de sus fans, sigue esparciendo rock and roll a espuertas.