Camión y ojos claros

Camión
Camión

Vivir en la carretera tiene mucho de épica. Y mucho más todavía de estética. Cuando se ve desde fuera, claro. Eso de viajar en pos del horizonte inalcanzable, los puntos cardinales que nunca acaban de llegar y todas esas cosas. Mucho material para canciones y novelas, pero poco de real cuando trabajas a destajo, como yo, conduciendo un camión de mercancías por todo el país. Me dedico a llevar un camión de gran tonelaje, que carga mercancía –fruta, verdura y madera, sobre todo- en esta comarca de la España interior, y luego la distribuye a Mercamadrid y a los otros muchos merca-algo que han proliferado por la piel de toro. Llevo el camión y el camión me lleva a mí, ya no sé muy bien cómo describirlo. Me cansa mucho esto ya, esta actividad que heredé de mi padre y que, aunque nunca me volvió loco del todo, me ha permitido vivir y ganarme la vida honradamente. Me mueve el motor de este camión, pero lo que verdad me mueve es el deseo de reencontrarme, desde que salgo de mi casa cuando salgo –porque a veces no tengo claro cuando regresaré-, el deseo de reencontrarme, digo, con los ojos claros que son el verdadero motor de mi existencia. Son esos ojos que no dejo de ver en todas partes los que me hacen olvidar el cansancio y la penuria de la vida en carretera. Sin esos ojos claros mi motor se pararía para no volver a arrancar.

Casa de Campo, 1937

Búnker de la Casa de Campo (http://disfrutandodemadrid.blogspot.com.es)
Búnker de la Casa de Campo

De las múltiples heridas que surcan la tierra yo prefiero las que hacía con el arado para labrar el campo que me mantenía en Castilla. Detesto estos andurriales de las afueras de Madrid, con este sol de plomo, este calor asfixiante y el enemigo apuntando. Ayer mataron a Basilio: cayó como un conejo al que le hubieran propinado un golpe seco. Somos cientos, miles, de soldados, tirados entre estos árboles y estas lomas, viendo silbar las balas y detonar las bombas. De cuando en cuando cae uno de los nuestros, o uno de los suyos. Qué más da. Yo ya no sé de quién soy, de quiénes somos, presos como estamos en estas trincheras cavadas alrededor de los cerros de lo que llaman Casa de Campo, cautivos de la locura de una guerra sin fin, en la que muchos no quisiéramos estar. Qué cosas tienen los de ciudad, llamar «casa» a esta inmensa finca sin puertas, ni ventanas. No me siento de ningún bando. Me siento de mi pueblo, en donde me reclutaron para traerme aquí y llenarme de miedo, de piojos y de mugre. Una nube negra, la misma que, me temo, se cierne sobre España se ha apoderado de mi mente y no me deja ver más allá de la mirilla de este fusil que pesa como un muerto y apenas sé cómo manejar. Sí, este es el momento en el que uno, por insignificante que sea, siente el peso de la historia sobre sus hombros, de una historia trágica de España que ojalá nunca se vuelva a repetir.

Apagar las luces, encender el cielo

Lluvia de perseidas
Lluvia de perseidas

La tía Carmen apagó en la medianoche del viernes las luces del patio y encendió las del negro cielo castellano para que se pudieran distinguir con claridad las perseidas y el resto de acompañantes celestes. Al poco tiempo del OFF de una cosa y del ON  de la otra, en el firmamento emergió una estrella fugaz. Fue un instante mágico, fulgurante: apenas unos segundos, tal vez incluso menos, pero suficientes para que la retina atrapara la trayectoria de la flecha estelar y del haz verde que dejó detrás como prueba de su existencia. Es verdad que la España interior se vacía y que los pueblos de donde provenimos los descendientes de tantos y tantas pierden gentes y servicios. Pero el firmamento de esa parte del país se sigue cuajando de estrellas cada noche, gracias a milagros como el de Carmen de apagar las luces para encender el cielo, y nos recuerdan que también abajo hay toda una tierra maravillosa llena de gente con muchas cosas que contar y que enseñar a los que venimos de barrios de grandes ciudades que antaño no dejaban de ser poblachones castellanos, manchegos, extremeños. Tierras que engendraron estrellas humildes, bondadosas y sencillas como mi madre, que dejó su pueblito segoviano para irse a la gran capital en los tiempos de la España franquista y cuyo rayo verde (o azul; la belleza de tus ojos es difícil de describir, mamá) nunca cesa de acompañarme a pesar del tiempo transcurrido desde su marcha prematura.