2 de mayo, teatro y manduca

La moza de cántaro
La moza de cántaro

Llegaron, de matute y con sigilo, las fiestas del 2 de mayo, las de la Comunidad de Madrid, este año parece que más inadvertidas que nunca (y mira que es difícil). En lo que a mí me toca, yo disfruté de la velada previa con un par de elecciones de ocio y cultura, que modestamente traslado para disfrutar del festejo. Una primera, la obra La moza de cántaro, un clásico de Lope de Vega, interpretada hasta el 13 de junio por una hornada de jóvenes actores y actrices de la Compañía Nacional de Teatro Clásico (CNTC), con gran éxito de crítica y público, en el Teatro Pavón de esta villa. La moza, aunque no rompa el cántaro físicamente, lo rompe metafóricamente con su empeño, como explica el director del montaje, Eduardo Vasco, en hacer posible «lo imposible para una mujer en un mundo de hombres». Más cántaros tendrían ellas que romper. Y un creador que también rasga moldes es Alberto Chicote, con su propuestas innovadoras. Mi admirado chef hace una mirada al pasado con su participación en 1808, un menú reinterpretado -una iniciativa de la Comunidad que recrea platos tradicionales de hace dos siglos-, mientras mira al futuro con su pasión por oriente. Cenar anoche en su restaurante Pandelujo, a orilla del frescor y del rumor del jardín acuático de su interior para combatir la calima, es un lujo para los sentidos, sobre todo si uno comparte la extraordinaria manduca en la inmejorable compañía de una mujer que rompe moldes y puede disfrutar de un buen rato de conversación con Alberto. En mi caso, las dos últimas premisas se cumplieron con creces; ¡qué suerte la mía para este 2 de mayo!

Rosa con espinas

Primo Levi
Primo Levi

Si se me permite una recomendación bibliófila para este 23 de abril, Día del Libro, hay una que a mí me hizo mi consejera áulica, cuyo asesoramiento siempre sigo, y cuya lectura acabo de terminar. No es un libro actual, pero el tema de fondo que aborda -la dignidad humana frente a la barbarie más monstruosa- está de permanente actualidad, marcado a fuego en el ADN de la historia humana. Se trata del título Si esto es un hombre, del escritor y científico italiano Primo Levi (1919-1987), de familia judía afincada en el Piamonte, y de origen sefardí por cierto. Levi narra de una manera magistral, sin gritar ni vomitar (que sería lo fácil), su estancia en el campo de concentración de Auschwitz, tras la que logró sobrevivir entre otras cosas movido por el afán de contar toda aquella monstruosidad tan inconcebible, para que, como él mismo dice, «la memoria de lo sucedido en el corazón de Europa, y no hace mucho» pudiera servir «de sostén y admonición» para las generaciones venideras. Quizá lo hayan leído; en caso de que no lo conozcan, búsquenlo. Si es para regalo, no necesitarán acompañarlo de una rosa como acostumbran en Cataluña, porque este libro es, en sí mismo, una rosa con espinas resistentes que floreció sobre el inmenso lodazal que fue el nazismo.

Los pájaros

Alberto Sánchez
Alberto Sánchez

Paseaba el escultor Alberto Sánchez (Toledo, 1895; Moscú, 1962) -uno de los fundadores de la denominada Escuela de Vallecas– por los alrededores de Alcalá de Henares cuando se le ocurrió levantar un Monumento a los Pájaros, una pieza que nunca se llegó a erigir y que motiva la exposición que se puede visitar hasta el 9 de mayo en la Sala El Águila, de la Comunidad de Madrid. Alberto, que mezcló en su obra elementos de la cultura popular con aportaciones surrealistas, es el autor de la escultura El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella, que en su origen se mostró en el célebre pabellón español de la Exposición Universal de París de 1937 (junto al Guernica de Picasso y otras obras rompedoras de la cultura española en aquel entonces); una copia de esta escultura coronada por un rojo cuerpo celeste puede verse hoy en día justo a la entrada del Museo Reina Sofía, de Madrid. El sueño de Alberto de levantar su Monumento a los Pájaros se truncó por la Guerra Civil, la dictadura y el exilio posterior que le acompañó, pero quizá pueda verse ahora concluido en la España democrática del siglo XXI y establecerse sobre el Cerro Almodóvar, de Vallecas. Ojalá, porque no habría mejor forma de completar en su tierra el anhelo de libertad que perseguían Alberto y sus compañer@s de generación artística.