La balsa de piedra

Balsa de piedra
Balsa de piedra

La estupenda idea de que España, ante la crisis de la nube volcánica, actuara como plataforma de vuelos transoceánicos que hiciera posible que los ciudadanos de otros países pudieran volar al menos hasta la piel de toro, para desde aquí retomar el viaje a su destino por otros medios, no hace sino confirmar el carácter de cruce de caminos de esta península que José Saramago describió como «balsa de piedra» en su libro homónimo. Nuestro país se construye sobre un armazón de mezclas de culturas y civilizaciones; así ha sido a lo largo de los siglos, y así debería seguir siendo. Somos el hogar de tantos pueblos que recorrieron Europa, que la galoparon y se detuvieron al topar con este finisterre en aquel tiempo, este fin del mundo del orbe entonces conocido. Y aquí se quedaron, y sus genes se entremezclaron y siguen galopando por nuestros cuerpos: para comprobarlo sólo hace falta salir a la calle para reparar en la variedad de nuestros rostros. Somos grandes en nuestra diversidad, una -sin duda- de nuestras riquezas.

Desde el jergón

Judy Garland
Judy Garland

«Desde el jergón, con fiebre y con dolor, doctora, me imagino una delirante versión de El Mago de Oz. Veo a Mariano Rajoy transformado en Judy Garland, con trenzas y zapatos de rubí, cantando Over the rainbow, pero en una versión más acorde para su persona: Over los chuches. Y en su viaje por el camino de baldosas amarillas (aquí también cambia el color original por otro más bien caqui, o caca) no acompañan a Rajoy un león cobarde, un espantapájaros sin cerebro y un hombre de hojalata sin corazón, no. Sus amiguitos son un tal Bárcenas, otro llamado Bigotes y un tercero, el tal Correa, todos muy listos, con la mente muy rápida y las manos muy dispuestas para agarrar lo que sea, los tres brincando y trincando. Es una versión de pesadilla, que me hace sufrir, con lo que a mí me gusta esta obra (la original de L. Frank Baum, llevada al cine en 1939). ¿Me queda mucho de fiebre? Por cierto, doctora, que de esta obra ya clásica se pudo ver hasta el pasado día 18 una estupenda versión en formato musical -para pequeños, pero también para grandes- en el teatro Príncipe Gran Vía, de Madrid, bajo el título El Mago de Oz: El Musical; si la reponen en alguna sala, no dude en ir a verla con la parentela. Sin Rajoy, claro (aunque eso ya va en gustos). Vuelvo al jergón.»

¡Peque con garbo!

Erupción en Islandia
El Eyjafjallajokull

La nube de cenizas originada por el estornudo de un volcán islandés de nombre impronunciable (omito siquiera escribirlo, porque es un esfuerzo baldío) colapsa Europa. Dificulta las comunicaciones aéreas y tiene al personal pendiente de los telediarios. Miles de personas varadas con sus maletas en decenas de aeropuertos del continente. Políticos bloqueados sin poder asistir a los funerales de Estado que tienen lugar en Polonia. Equipos de fútbol impedidos para desplazarse. El Reino Unido a punto de quedarse sin frutas y verduras, alimentos que le llegan sobre todo por avión. El caos es total. ¿Y Dios? Dios ha perdido el contacto visual, como dicen los modernos, con buena parte de los europeos, porque el grosor de la nube volcánica le impide ver lo que ocurre abajo, y sus pulmones ya no son los que eran cuando el Génesis, aquellos maravillosos años en los que pegaba unos alaridos tremendos para conformar el mundo; no puede, por tanto, ponerse a soplar para disolver la nube, por lo que sólo le queda esperar a que escampe. De modo y manera que, si vive usted aquí abajo y es aún creyente, no se preocupe por las consecuencias de sus actos (¡ah!, ¿solía hacerlo?) y peque a mansalva: el altísimo posiblemente no le está escuchando -no suele hacerlo, para qué nos vamos a engañar-, pero es que ahora tampoco le puede ver, así que ojos que no ven, corazón que no siente. ¡Peque con garbo!