Letras y ciencias

Engranaje
Engranaje

«Cuando tenía 20 años, doctora, tuve una novia que estudiaba Medicina. Yo hacía una carrera de Letras, pero sentía que las letras no me bastaban para comprender la mecánica de mi cuerpo; los engranajes, vaya. Así que comencé a frecuentar el comedor de la cercana Facultad de Medicina, y no paré hasta que comencé a salir con una estudiante de mi edad y con las mismas inquietudes, solo que al revés: a ella las ciencias no le explicaban lo suficiente las reacciones de su cuerpo y necesitaba una mente de letras que intentara descifrarle los misterios de la vida, del amor y del deseo. Hacíamos el amor a todas horas para engranarnos y engrasarnos mejor: en los baños de la facul, en casas de colegas, en el coche de sus viejos, en donde podíamos. A fuego lento, eso sí, para que las ciencias y las letras emulsionaran en puntos de cocción adecuados. A fuerza de conjunciones fuimos comprendiendo nuestros respectivos engranajes, pero se dio la paradoja de que pasado el tiempo nos aburrimos el uno del otro porque ya no teníamos nada que explicarnos, ni que desvelarnos. Ella acabó saliendo con una alumna de Cirugía, porque quería recomponer algunos engranajes que las letras no reparaban, y yo, doctora, acabé en manos de una estudiante de Metafísica que me descubrió significados por encima de las palabras.»

Eternamente azules

Mi madre falleció el pasado viernes por la noche en Madrid, después de casi tres años de lucha contra un cáncer de ovario. Se llamaba Felicitas Gómez Otones y tenía 71 años. Era una persona maravillosa que nunca le hizo daño a nadie. Había nacido en 1939 en un pueblecito de Segovia que se llama Fuentepelayo. El sábado, durante el funeral, hice acopio de fuerzas para leerle el siguiente texto de despedida, Eternamente azules, que preparé con mis dos hermanos. Es duro, pero quiero compartirlo a través de mi blog con tod@s vosotr@s, a modo de agradecimiento por las innumerables muestras de afecto que he recibido, y que me han sobrepasado…

Mi madre, en 1988, con 49 años
Mi madre, en 1988, con 49 años

«¿Sabes, mamá? Tú ya no lo pudiste ver, pero cuando el puto tumor apagó la luz, una densa niebla se apoderó de la habitación en la que pasaste tus últimos días y un prolongado llanto se adueñó de mí, de tus hijos, y de tu marido. Fue el golpe final, eso creímos, a la cometa de tu sencilla vida, que se desplomó de repente sobre nuestras cabezas. Nadie está preparado para este mazazo.

La larga enfermedad (qué eufemismo, el puto cáncer) apareció en tu vida sencilla hace casi tres años, con la mano asquerosa que comenzó a zarandear el hilo de la valiosa cometa de tu vida. Tres años de operaciones, de idas y venidas a los tratamientos de quimioterapia, de toneladas de cariño, mamá. Casi tres años de meneos a la cometa. Un tiempo durante el que tu marido, tus hijos, la gente que te quiso, tratamos de devolverte, siquiera mínimamente, las incalculables dosis de afecto que tú nos has dedicado. Tú, que consagraste tu vida al cuidado de tus hijos y de tu marido, con tus sencillas enseñanzas: no hacer daño al prójimo, respetar a las personas, tratar a los demás como quisiéramos que nos trataran a nosotros mismos… Y por encima de todo, una divisa: nuestra felicidad como única y mejor garantía para la tuya. Cuántas veces te lo escuché, mamá: “Yo lo que quiero es que seáis felices”. Qué amor más grande y generoso. ¡Si hasta en los momentos más crudos y crueles de la enfermedad anteponías nuestro bienestar al tuyo propio! “Venga, hijo, vete a trabajar”, nos decías en los últimos días en la clínica. Y nuestro bienestar era estar contigo, aunque no quisieras admitirlo. En este país tan dado al despelleje, nunca te vimos un mal gesto hacia nadie; nunca una mala palabra hacia nadie; nunca una mala contestación hacia nadie. Eras buena gente, gente buena, mamá; alma grande, mamá, alma grande.

La abuela, dibujada por mi hija Estrella
La abuela, dibujada por Estrella

¿Sabes, mamá? Le voy a reconocer una virtud, una única virtud, al puto tumor. Porque me vas a permitir que maldiga a esta enfermedad; total, tú no lo has hecho, ni te has quejado durante todos estos meses de lucha; ni siquiera te escuchamos nunca un ay de dolor. ¿Pero de qué pasta estabas hecha, mamá? Así pues, una virtud para el puto tumor: haber multiplicado por mil nuestro amor hacia ti; haber multiplicado también por mil el amor entre tus hijos y nuestro padre. Habernos demostrado tu fortaleza, serenidad y templanza. Mamá, tú que te tenías por la más humilde y sencilla de las personas, tú que nunca hiciste gala de nada, debes saber una cosa: no te llegamos ni a la suela de los zapatos. He pensado en muchas ocasiones, durante todos estos años, si no habría sido mejor una muerte fulminante, que nos hubiera ahorrado todo este sufrimiento. Quizá sí. Pero durante todos estos años yo y mis hermanos, junto con mi padre, hemos tenido oportunidad de decirte en infinidad de ocasiones una sola cosa: “Te quiero”. Y nuestro amor permanecerá para siempre. Hemos intentado devolverte, insisto, intentarlo al menos, todo el amor que tú nos has dedicado durante toda tu vida. El amor, que ha sido el eje de tu vida. El amor que os habéis profesado papá y tú. ¿Sabes, mamá? El recuerdo más antiguo que conservo en mi cabeza de vosotros dos es veros desde mi cuna de barrotes, mientras os dabais un tierno abrazo. No sé cuántos años tendría yo, quizá dos. Una imagen en sepia, coloreada por los mil tonos de vuestro amor.

¿Sabes, puto tumor? Hay algo que no pudiste conseguir, y te lo digo alto y claro para que te jodas, con una fuerza más intensa que los seis tratamientos de quimioterapia que aguantó mi madre. Ya sé que cerebro no tienes, pues matando a mi madre has causado tu propia muerte. No sé si distinguías colores, porque diría que sólo te gusta el gris y, al final, el negro. Puto tumor, consumiste su cuerpo, pero no pudiste apagar ni su alma, ni la belleza y el fulgor de los ojos de mi madre, tan intensos hasta el último día. Recuerdo una de mis últimas conversaciones contigo, mamá: “Mamá, vaya ojazos bonitos qué tienes”. “¿Y ahora te das cuenta?”, respondiste. Eras parca en palabras, mamá; bueno, como yo, a pesar de que me guste juntar letras.

¿Sabéis? Mi madre, hasta los últimos días, se arreglaba todas las mañanas; se aplicaba sus afeites frente al espejo de la habitación de la clínica, como diciendo: “Aquí estoy yo; aquí sigo”. Te lo pregunté también uno de los últimos días: “¿Por qué te maquillas todas las mañanas, mamá?”. “Para no parecer una birria”, contestaste. ¿Birria tú, mamá? Birria seremos nosotros. Qué modelo de dignidad, mamá. Qué bella y buena has sido. Has sido ejemplo de vida, y de esperanza, repito. Y una mención última al cáncer, que no merece que se le dedique más tiempo: maldigo también el tumor de la sociedad machista, franquista y patriarcal que tuviste que sufrir en tu juventud y que impidió el pleno desarrollo de una persona tan inteligente y sensible como tú, con el corazón a la izquierda, socialista de corazón. Pero esta es otra historia sepultada por la Historia.

Nuestras manos, unidas
Nuestras manos, unidas

Mamá, esto lo leerás dentro de un rato, sentada, tras escuchar la radio y dejarla apagada a tu lado, donde sueles ponerla. ¿Sabes?, es curioso, esa palabra maldita, cáncer, que nos ha traído de cabeza, puede dar otra, su contraria perfecta, moviendo sólo un par de letras y cargándose otra, total qué más da, sólo son palabras: nacer, ese nacer que nos diste con tanto esfuerzo y que dio paso a nuestro crecer, los tres, con tu cariño y tus cuidados, tus desvelos y preocupaciones sin confesar, llena de orgullo al ver nuestros progresos en la vida, poquito a poco. Se definió el poeta, quizás pensando en personas como tú, como tantas: “Soy, en el buen sentido de la palabra, bueno”, así eres tú, buena, así has intentado que seamos, que nos movamos por la vida, sin hacer ruido, con la entereza y la dignidad que la palabra maldita no te ha quitado ni un solo momento… Estás guapa, mamá, mírate en el espejo, esos ojos claros, esa sonrisa (cómo te hace reír papá con sus ocurrencias, da gusto verlo…), esa piel tan blanquita… Eres tú, somos nosotros, aquí sentados a tu lado; venga, pongamos la radio, tu radio, la SER, claro, oigamos qué dicen, seguro que entre tanta noticia mala hablan de la gente buena, de ti, del camino que nos dejas marcado… Anda, apaguemos la radio, “me está cogiendo Matías”, como te gustaba decir cuando te entraba el sueño; creo que quieres dormir, guapísima, descansa un rato, ya nos vemos…

¿Sabes, mamá? No pienso, no pensamos, recordar la fecha de tu muerte. No vamos a hacerlo, porque queremos que vivas para siempre en nuestros corazones y en nuestro recuerdo. Han sido días crueles, y grises, pero hoy parece que quiere salir el sol. Juraría haber visto sobre el cielo de nuevo una cometa, mamá, volando elegante. Una cometa azul, mamá, como tus ojos. Tus ojos intensos, que tu marido (papá, nunca vas a estar solo), tus hijos, tus nietas, tu familia, la gente que te amó, perseguiremos siempre, como dos centellas eternamente azules, eternamente.»

Poésias de amor

Arcoiris
Arcoiris
Ellas se profesan un amor tan profundo y verdadero que yo no me siento desplazado. Me emociona tanto verlas juntas, y jugar, y disfrutar, que haya un amor tan puro en el mundo, en este mismo mundo en el que abundan conductas tan bajas. Mi hija Estrella (5) le hace poésias (así lo dice ella, sin acento en la í y con acento en la é) a su madre, que vuelan como haikus: “Mami, tú eres el arcoiris, y yo soy el pájaro que se enamora del arcoiris”. Es sólo una de ellas. Y yo las miro embobado, de reojo, atrapado por sus juegos mientras recojo la casa, o preparo algo en la cocina, o leo un libro. Qué amor tan puro, qué ganas dan de volar a buscar ese arcoiris, a tocarlo con los palmas de la mano para comprobar si sus colores se deshacen entre las yemas de los dedos y colorean nuestro cuerpo, mientras dejamos abajo, muy abajo, bajo nuestros pies, toda la morralla cotidiana.