Avería, Keynes… ¿Esperanza?

Bruja Avería
Bruja Avería

No es probable, por edad y mentalidad, que Esperanza Aguirre conozca el mantra que la entrañable Bruja Avería soltaba cada dos por tres cuando hacía una trastada en la mítica serie televisiva de los adolescentes de los 80, La Bola de Cristal: «Pero qué mala, pero qué mala soy», se ufanaba el personaje del programa creado por la realizadora Lolo Rico. Pero sin duda que en la práctica lo aplica. En su discurso sobre el Estado de la Comunidad en la Asamblea de Madrid, cargó contra el Gobierno en la actual coyuntura de crisis económica -qué raro- y volvió a pasar por encima del papel que las políticas ultraliberales que ella defiende tuvieron en el desencadenamiento de la crisis global. Lo curioso es que su discurso coincidió en el tiempo con el segundo aniversario del desplome de la corporación Lehman Bros., que tuvo tanto que ver con la génesis del colapso global tan relacionado con los neocon como ella. ¿Algo que decir al respecto? Nada, por supuesto. Ella insistió en que «no hay más remedio que aplicar las políticas liberales, que son las que han demostrado su eficacia para sacar de la crisis» ante las del Gobierno » que llevan al despilfarro» y son propias de los que «siguen creyendo en las falacias keynesianas». ¿Falacias keynesianas? ¿Cómo se puede cargar con tanta soberbia contra uno de los grandes economistas de la historia, cuya teoría es clave en la construcción de los estados occidentales? «Pero qué mala, pero qué mala soy». ¿Y los problemas de la Comunidad? Inexistentes. ¿El estado de los servicios públicos? No se sabe. ¿El caso Gürtel? A mí, plim. ¡Ah!, por cierto, que se le empieza a ver el plumero en su estrategia de comunicación: en los momentos o días previos al debate suelta siempre una noticia, que empaña por completo lo que se vaya a abordar en la Asamblea. El año pasado fue el anuncio sobre la autoridad del profesor; éste, la persecución de los liberados sindicales. «Pero qué mala, pero qué mala soy». Habilidad para emular a Avería no le falta, para qué dudarlo.

Todos eran mis hijos

Hipólito, Muñoz, Perea y Velasco
Hipólito, Muñoz, Perea y Velasco

Acaba de estrenarse en el Teatro Español, de Madrid, una versión de la obra Todos eran mis hijos, un drama clásico del norteamericano Arthur Miller (1915-2005) que bien merece que se acerquen a verla. Escrita en plena posguerra de la Segunda Guerra Mundial, en 1947, la obra reflexiona sobre los límites de la culpa y la responsabilidad, con el trasfondo del cínico juego de la industria armamentística, y el papel de la heroicidad y la villanía, pues tanto una como otra conviven en cualquiera de nosotr@s a lo largo de nuestra existencia. El elenco de actores de la atribulada familia que protagoniza la obra -con las mentiras y las miserias que les permiten seguir viviendo- tiene al frente a algunos de los grandes de la escena española, como Carlos Hipólito y Gloria Muñoz, flanqueados por jóvenes como Fran Perea y Manuela Velasco, dirigidos por el argentino Claudio Tolcachir. Todos están soberbios en una obra cuya trama discurre con la perfección de un reloj suizo. Seguro que se hartarán de aplaudir si deciden ir a verla (pero dense prisa, que en Madrid sólo estará en cartel hasta el 31 de octubre, aunque luego saldrá de gira por varias ciudades de nuestro país).

Fahrenheit 451

Ray Bradbury
Ray Bradbury

Desde que la vi siendo adolescente, siempre he tenido en mente las imágenes de la versión cinematográfica de la fábula futurista Fahrenheit 451, escrita en 1953 por el autor norteamericano Ray Bradbury, con esos bomberos pirómanos consagrados a destruir el saber en forma de libros, incendiando bibliotecas como si quemaran, en realidad, personas, en una pesadilla en la que pensar está prohibido y es peligroso para la existencia. Las imágenes de esta obra maestra de la ciencia ficción han cobrado ahora forma de nuevo con la publicación de esta conocida novela de Bradbury en forma de una gran versión en cómic elevada a arte mayor, del también estadounidense Tim Hamilton: una novela gráfica -género que inventara el inmortal Will Eisner-, que en España acaba de publicar el sello madrileño 451editores. La moraleja de esta obra -la resistencia frente al totalitarismo y a la censura, encarnada en hombres y mujeres que memorizan los libros para que estos nunca desaparezcan- sigue vigente. Como escribe Bradbury en una introducción específica para esta edición en cómic, «me gustaría sugerir que todo aquel o aquella que lea esta introducción se tome un tiempo para escoger el libro que más le gustaría memorizar y proteger de cualquier censor o bombero. Y no sólo escogerlo, sino dar las razones de por qué querría memorizarlo y de cuál es el valor por el que debería recitarse y recordarse en el futuro. Creo que si mis lectores se reúnen y hablan de los libros que han escogido y memorizado pueden producirse encuentros muy entretenidos». Para que nunca se pueda llegar a los 451 grados Fahrenheit (o 233 grados centígrados) que se necesitan para que arda el papel.