La silla vacía

Silla vacía
Silla vacía

Cada vez que una persona en este mundo no puede alzar su voz para defender sus derechos se da un pasó atrás. Cada vez que no se respetan las libertades básicas de cualquier ciudadano o ciudadana de este planeta. Cada vez que alguien no puede decir lo que opina, hacer lo que desea, moverse hacia donde quiera… El Día de los Derechos Humanos, conmemorado este viernes, se dedicó a reconocer «la labor de los defensores de los derechos humanos de todo el mundo que procuran poner fin a la discriminación. Actuando por su cuenta o en grupos dentro de sus comunidades, día tras día los defensores de los derechos humanos trabajan para poner fin a la discriminación y lanzan campañas en favor de leyes equitativas y eficaces, comunican e investigan violaciones de los derechos humanos y apoyan a las víctimas. Pese a que algunos de los defensores de los derechos humanos gozan de renombre internacional, muchos permanecen en el anonimato y llevan a cabo su labor a menudo con gran riesgo para su persona y para sus familias». En el Día de los Derechos Humanos se entregaron los premios Nobel. El de la la Paz, que recayó en el chino Liu Xiaobo, represaliado por el régimen chino, que impidió que viajara a Noruega, se tuvo que entregar a una silla vacía en la ceremonia celebrada en Oslo. La silla vacía de Xiaobo, a la postre, fue el mejor símbolo de homenaje a él y a los miles de personas en el mundo que luchan por la dignidad de todos.

Ruge la lorza

Don Draper
Don Draper

«Hay momentos del año, doctora, en los que me ruge la lorza. Mi cuerpo demanda energía para almacenar, y la consigue de donde puede. Esta es buena época del año para hacer acopio. Frutos secos, garrapiñadas, chocolate, bombones, turrones, polvorones, peladillas, frutas confitadas, comidas de empresa, comidas con los amigos… Los michelines van engrosando y se convierten en miguelones. Platos de cuchara y pucheros sin fin. Todo vale para el objetivo de irse recubriendo de grasilla que proteja del frío. Me como todo lo que se me pone por delante. ¿Puedo meterle mano? No, por dios, no a usted, doctora; no me tome por el macizorro ese de Mad Men, el Don Draper. Me refiero a su nevera. ¿Puedo meterle mano a su nevera? ¿Tiene algún pastelillo dentro? Mejor engordar a base de proteínas e hidratos de carbono y no ingiriendo la dieta del Departamento de Estado de EEUU, que son los cables esos revelados por Wikileaks. ¿Y yo que pensaba que trabajar en una embajada debía de ser más bien tedioso? ¡Están todo el día dándole a la tecla, doctora! ¡Esos sí que tienen nutrientes informativos para repartir a diestro y siniestro!»

Fruta madura

Chirimoyas
Chirimoyas

Compré unas chirimoyas hace unos días. Grandes, lustrosas. Las elegí de escama grande: es un truco que me dio un frutero: las de escama grande son siempre las que tienen menos pipos. Si son de escama pequeña, huye de ellas; no hay dios que las coma; se te atascarán los dientes con tanta semilla y apenas paladearás su carne. Venían las frutas envueltas en papel de estraza y las saqué de él al llegar a mi casa. Las metí en la nevera. Y ahí la jodí: algo alteré en ellas, que no llegaron a madurar bien; algo rompí en su maduración natural, que se corrompió la pulpa y no hubo nadie que se atreviera con ellas. Hubo que tirarlas. Y esto me dio que pensar en la diferencia entre envejecer y madurar. Hay gentes que van envejeciendo por fuera, pero su pulpa se pudre por dentro, o se queda acorchada y no son jugosas al paladar. Que no maduran bien, vaya, por lo que sea. Su envoltorio se va avejentando por fuera, pero por dentro están huecas, acorchadas o, lo que es peor, podridas. Envejecer y madurar no son procesos que vayan en paralelo, pensé. Se trata de crecer por dentro conforme pasa el tiempo, pero no siempre ocurre. Hay que ver lo mucho que el cerebro maquina, y todo a raíz de comprar unas simples chirimoyas.