Especies invasoras

Cotorra argentina
Cotorra argentina

Contaba hoy algo una radio del catálogo de especies invasoras que prepara el Ministerio de Medio Ambiente, que parece ser que abarca más de trescientas clases de ejemplares de flora y fauna que se han ido introduciendo con nocturnidad y alevosía en la piel de toro, y que ponen en peligro la existencia de especies autóctonas, perjudicando el equilibrio ecológico. Ahí entran bichos como el mejillón cebra y el cangrejo americano, pasando por el mosquito tigre, la cotorra argentina, el visón americano o el galápago de Florida. No se menciona el método de erradicación de estas especies. Tampoco aparecen en el catálogo otras especies de la sociedad española que nos invadieron hace muchísimo tiempo y se infiltraron hasta el tuétano en el flujo sanguíneo de nuestro país, y que tampoco se pueden exterminar porque se llenarían las calles de cadáveres: la avaricia, la envidia, el desprecio al otro, la insolidaridad, la falta de empatía, el quítatetúquemepongoyo, el amíquémevasacontar…

Cáncer: las cosas, por su nombre

Mi madre
Mi madre

Hoy, 4 de febrero, es el día mundial contra la «larga y penosa enfermedad». ¿Qué? ¿De qué estamos hablando? Del cáncer. Ah, ¿y por qué hay tantos medios de comunicación que, cuando alguna persona relevante padece esta enfermedad, siguen empleando semejantes eufemismos? Lo único que consiguen es estigmatizar a las miles de personas que padecen este mal tan frecuente -y que por cierto ve aumentado año tras año las tasas de supervivencia-, que parece que tengan que sumar el tabú a la lucha contra la enfermedad. Mi inolvidable madre no murió de una larga y penosa enfermedad hace dos meses: murió de un cáncer. María Schneider, la actriz de El Último Tango en París, no murió ayer de una larga y penosa enfermedad: murió de un cáncer. La periodista Susana Olmo, maestra de periodistas, no murió de una larga y penosa enfermedad hace apenas unos días: murió de un cáncer. Precisamente Susana Olmo había escrito una carta a El País cuando emplearon circunloquios para referirse a la muerte de Labordeta: «Con motivo de la muerte de José Antonio Labordeta he vuelto a leer ese lamentable eufemismo de que murió tras una larga y penosa enfermedad. Todos (…) sabemos de qué estamos hablando: del cáncer. Sobre todo porque, en este caso, el propio cantautor había anunciado su enfermedad hace algunos años cuando se la detectaron. ¿Por qué entonces ocultar el nombre del mal tras una expresión vergonzante? En España se registran 200.000 pacientes nuevos cada año (…) Sería de agradecer que no se aborde esta enfermedad como un tabú, y se trate a sus afectados como a cualquier otro enfermo.» La mayoría de la gente lucha con dignidad y valentía contra esta enfermedad, como lo hizo mi madre, Felicitas Gómez Otones, como lo hizo Susana Olmo; no les estigmaticemos: ellas, que fueron tan valientes, no se merecen estas muestras de cobardía.

Un carnicero bajo el sofá

Revuelta egipcia
Revuelta egipcia

«Le prometojuro, agente, que no sé cómo llegó aquel ser hasta debajo de mi sofá. A mí me despertó el mal olor, tras una larga siesta pijamera de tres horas que perpetré hace unos días en el susodicho sofá. Al principio pensé que la peste debía de proceder de las bolas de carne que mi hija hace con el solomillo, porque la cachonda tira bajo el sofá los cachos de carne cuando se lía a masticarlos y a masticarlos y se le hacen bola, como dice ella. Para eso me gasto los talegos, para que a la niña se le haga bola el solomillo; lástima de no haber pasado hambre, como su padre. Bueno, al grano, el caso es que, en efecto, algo tenían que ver las bolas de carne del solomillo a medio masticar con la presencia de aquel ser. Al mirar bajo el sofá me lo encontré a él. Su cara me sonaba de verle estos días en los noticieros internacionales sobre las revueltas del norte de África. Creo que debió de escaparse de la tele, de la vieja Sony Trinitron que tengo averiada y de vez en cuando suelta humo. Perseguido por los manifestantes, el pobre Joselín (así le llamo yo, porque su nombre en árabe me resulta difícil de pronunciar) se coló dentro de la cámara de un reportero español que estaba grabando manifestaciones contra su augusta persona en su país, subió al satélite convertido en una plasta de unos y ceros, bajó a la parabólica de mi azotea y llegó hasta mi tele, para colarse a continuación a través de una rendija del aparato televisivo mencionado, cobrar de nuevo su forma humana y refugiarse bajo mi sofá, sin duda atraído por el olor/hedor de las bolas de solomillo a medio masticar que hace mi hija. Bueno, esto es en sentido metafórico: bajo mi sofá y bajo el sofá de todos y de todas los occidentales, que hemos estado tan cómoda y mullidamente sentados sobre tiranos como éste, sin decir nada mientras nos han hecho el caldo gordo. Agente, el caso es que vengo a poner una denuncia para ver si le pueden detener, antes de que me devore. Y mire que siento que se lo lleven, porque me he acostumbrado a echarle bajo el sofá todos los restos de cochinillo, cordero, lechazo, ternasco y ternera y el tipo me los devuelve mondos y lirondos, con los huesos relucientes, con el consiguiente ahorro en bolsas de basura. Joselín tiene mucha experiencia en procesar carne, y temo que ahora quiera probar conmigo, porque en el fondo echa de menos su tierra, agente. Pobre.»