Manufacturas Iberia

¿Impunidad? No, gracias
¡No a la impunidad!

No se sabe a qué siglo se remonta en esta piel de toro la fabricación de mantas, velos y otros telajes encargados de tapar vergüenzas de nuestra historia, mas es sin duda una manufactura con mucha tradición en la península. Quienes gobernaban nuestro ser colectivo -por sus malas obras les podéis conocer- tejieron gruesos paños para disimular el pasado árabe, morisco y judío de España, por citar simplemente algunos ejemplos. En etapas más recientes, la historia de la dictadura de Franco se cubrió con tupidos mantones, que el tiempo ha ido deshilachando, dejando sus horrendas vergüenzas al descubierto, por más que algunos ahora se pongan muy nerviosos y corran presurosos a intentar componer algunos remiendos. Parece que no se quieren enterar de que ha llegado el momento de sacudir el manto de ignominia que todavía llena de dolor a muchos compatriotas, que simplemente le piden a la justicia una reparación y poder abordar con naturalidad la historia de una dictadura cruel, desalmada y sangrienta, que truncó los sueños de libertad y progreso de millones de personas de este país, y que -por mencionar un caso cercano- represalió salvajemente a la familia materna de mi hija Estrella, «porque pensaban distinto», como mi niña ya sabe. De todo esto se está hablando, hasta el 22 de abril, en la Concentración permanente por la justicia universal. Investigar el franquismo no es delito, que se desarrolla de 10:00 a 20:00 horas en la Escuela de Relaciones Laborales de la Universidad Complutense de Madrid  (San Bernardo, 49). ¡Fuera mantas, fuera telarañas!

Semprún, vacuna antifascista

Jorge Semprún
Jorge Semprún

Pudo ser una pesadilla, o un desvarío producido por un cierto estado febril, pero fue cierto. Ocurrió la otra tarde, junto al nuevo paseo ribereño del Manzanares, en la capital. Un grupo de adolescentes correteba entre unos montones de tierra de una de las dos márgenes del río, la que está todavía sin urbanizar, a la altura de las instalaciones de Matadero Madrid. Se aproximaron a la zona debajo de uno de los puentes que salvan el cauce, y de repente comenzaron a arrojar piedras contra unas tiendas de campaña que allí se encontraban, es de suponer que instaladas por personas sin techo, y afortunadamente vacías en ese momento. Incluso intentaron volcar un tendedero precario que sujetaba unas prendas de vestir junto al improvisado campamento. Tras un momento de incredulidad por el hecho de no dar crédito a lo que veían sus ojos, la gente que se encontraba en la otra margen del río comenzó a increparles, y los gamberros se dieron a la fuga. Antes de huir, uno de ellos se giró, desafiante, vestido con botas militares, hizo el saludo fascista y lanzó un ¡sieg heil!, de manera tan forzada que casi estuvo a punto de perder el equilibrio y estamparse contra el suelo. Increíble, pero cierto. No hay mejor vacuna contra la intolerancia fascista que trayectorias como las del escritor Jorge Semprún, que este mismo fin de semana asistió a la celebración del 65 aniversario de la liberación del campo de concentración nazi de Buchenwald. ¡Nunca más fascismo!

La parte oscura

Garzón
Garzón

Que un magistrado como Baltasar Garzón, distinguido por su lucha por los valores democráticos, acabe sentado en el banquillo e incluso apartado de su trabajo es algo que repugna a cualquier demócrata. Juzgado por una presunta falta en las formas, obviando el fondo del asunto: su intento de investigar la desaparición de más de cien mil compatriotas víctimas de la represión de la dictadura de Franco, muchos de los cuales siguen tirados en fosas anónimas junto a las cunetas. ¿Cómo es posible que los herederos del franquismo (Falange entre ellos), que son los promotores de estas acusaciones contra Garzón -jaleadas en una coincidencia nada casual por la derecha política y mediática-, tengan todavía semejante poder en esta España del siglo XXI? Parece extraerse una lección: que nadie ose remover el pasado siniestro de este país, saber la verdad sobre lo que ocurrió, porque los fantasmas del pasado pueden acabar de nuevo golpeándonos en la cabeza. Qué estupor. Qué triste y qué penoso sabernos de nuevo amenazados por la parte oscura de este país.