La mala educación

Sonrisa
Sonrisa

Hay rostros -rostros duros, caraduras- que temen cuartearse si sonríen al prójimo o simplemente le dicen hola o buenos días. Rostros -rostros duros, caraduras- que nunca dan las gracias por algo, o que miran hacia otro lado si una embarazada entra en el metro: no van a levantarse ellos a ceder su asiento, con la vida tan dura que llevan. Rostros -rostros duros, caraduras- que nunca reconocen el esfuerzo ajeno. Qué lástima. Qué pobreza de alma. Qué mala educación, que se expande como una plaga en la sociedad occidental de nuestro tiempo. Nos hemos vuelto más deshumanizados, y la renuncia a unos principios básicos de educación -que empieza por el mínimo respeto a tu prójimo- es una de las principales señas de esta realidad. A esos rostros duros, caraduras, hay que pedirles un poco de empatía con sus semejantes, aunque ya sepamos que ellos están por encima de estas debilidades y no sienten por qué tienen que saludar, dar las gracias, reconocer el esfuerzo ajeno o ceder el asiento del metro a una embarazada, no vaya a ser que les salgan arrugas en las comisuras de los labios, además de las que sin duda ya tienen en el alma.

Días de fútbol

Balompié
Balompié

«Ahora hay fútbol todas las noches y a mí, que me resulta indiferente, me hace preguntarme por el embrujo que ejerce este deporte sobre la gente. En todas las teles, en todas las radios, fútbol y más fútbol. Pienso sobre este asunto y me acuerdo de mi ex marido, que sólo tenía cabeza para pensar en el equipo de sus amores, mientras que a mí no me hacía ni caso. Fue uno de los motivos para dejarle. Me lo pensé mucho antes de volver a vivir en pareja, que ya saben ustedes que siempre puede ser un riesgo para la salud, pero al final me enamoré -nos enamoramos- y estoy muy a gusto con mi compañero actual. Después de mi experiencia anterior, a esta situación de bienestar ayuda que a mi amor de hoy en día el fútbol le dé igual: de hecho, mi actual esposo tuvo un jefe que no veía normal que no disfrutara con el balompié; solía preguntarle si es que tenía una tara física o un trauma de la infancia que explicara su desapego al mundo del esférico. Yo tara física no le veo -me conozco muy bien la geografía de su cuerpo-. Respecto a lo del trauma… el atlas de su alma me resulta más recóndito y, total, ¿quién no acumula algún trauma a estas alturas de la vida?»

Análisis de una foto

Aznar
La foto de Aznar

«Hola de nuevo, agente. Soy el del otro día, me recordará; el que vino a denunciar a un supuesto asesino de calderas. Ahora vengo por otra cuestión, que también me ocurrió en el metro esta semana. Se la cuento: iba en el vagón, el pasado martes, leyendo, para gran reposo de mi alma, unos haikus que me ha recetado el médico de cabecera, medio adormilado por el traqueteo del convoy de la línea 3. Qué tranquilidad. Pero hete aquí que, al levantar la vista, me topé en la portada de El Mundo del señor que iba enfrente con esta foto de José María Aznar, un ser que, he de confesarlo, siempre me horripila. Ya no es que me estomague por el recuerdo de su etapa en el Gobierno y que me dé miedo por ese bigote rasurado que se me asemeja a una lija presta a desollar a quien no comulga con él, no. Lo que me asustó fue el gesto de sus manos en esa imagen: aparecen atrapando una bufanda o fular, pero como si quisieran echar luego esta prenda al cuello de tod@s los que afortunadamente no somos/pensamos como él, de aquellos -como el mismo decía años ha, revelando su avanzado concepto de la democracia- que ladraban su rencor por las esquinas por el mero hecho de no compartir su política. Y, lo que es la vida, el único que permanentemente exuda rencor es él. Dígame, agente, ¿debo presentar una denuncia si me siento amenazado por esas manos?»