Confusiones cotidianas

Confusión
Confusión

«Seguro, doctora, que a usted le ha pasado en alguna ocasión: llegar al torno del Metro e intentar franquearlo haciendo ademán de meter la llave de casa. El caso contrario es más raro: llegar a la puerta de casa e intentar abrirla con el cupón del abono transporte, pero puede darse, aunque a mí no me haya sucedido. Total, son confusiones que forman parte de nuestra vida cotidiana. A veces, en el quiosco, me he confundido y he pagado el periódico que leo desde hace años con el vale de comida que me entrega la empresa, en lugar de entregar el cupón correspondiente como suscriptor, y lo raro es que el quiosquero no me ha dicho nada. Bueno, al final estamos hablando de lo mismo: nutrientes, unos alimenticios, otros informativos. También me ha pasado darle un beso a mi jefe creyendo que es mi esposa, y estrechar la mano de mi esposa confudiéndola con mi jefe. A veces incluso me levanto por la mañana, me miro en el espejo y veo a un señor que dice ser yo, aunque yo hace años que no conozco ese careto. Menudo lío, doctora.»

Semprún, vacuna antifascista

Jorge Semprún
Jorge Semprún

Pudo ser una pesadilla, o un desvarío producido por un cierto estado febril, pero fue cierto. Ocurrió la otra tarde, junto al nuevo paseo ribereño del Manzanares, en la capital. Un grupo de adolescentes correteba entre unos montones de tierra de una de las dos márgenes del río, la que está todavía sin urbanizar, a la altura de las instalaciones de Matadero Madrid. Se aproximaron a la zona debajo de uno de los puentes que salvan el cauce, y de repente comenzaron a arrojar piedras contra unas tiendas de campaña que allí se encontraban, es de suponer que instaladas por personas sin techo, y afortunadamente vacías en ese momento. Incluso intentaron volcar un tendedero precario que sujetaba unas prendas de vestir junto al improvisado campamento. Tras un momento de incredulidad por el hecho de no dar crédito a lo que veían sus ojos, la gente que se encontraba en la otra margen del río comenzó a increparles, y los gamberros se dieron a la fuga. Antes de huir, uno de ellos se giró, desafiante, vestido con botas militares, hizo el saludo fascista y lanzó un ¡sieg heil!, de manera tan forzada que casi estuvo a punto de perder el equilibrio y estamparse contra el suelo. Increíble, pero cierto. No hay mejor vacuna contra la intolerancia fascista que trayectorias como las del escritor Jorge Semprún, que este mismo fin de semana asistió a la celebración del 65 aniversario de la liberación del campo de concentración nazi de Buchenwald. ¡Nunca más fascismo!

Los pájaros

Alberto Sánchez
Alberto Sánchez

Paseaba el escultor Alberto Sánchez (Toledo, 1895; Moscú, 1962) -uno de los fundadores de la denominada Escuela de Vallecas– por los alrededores de Alcalá de Henares cuando se le ocurrió levantar un Monumento a los Pájaros, una pieza que nunca se llegó a erigir y que motiva la exposición que se puede visitar hasta el 9 de mayo en la Sala El Águila, de la Comunidad de Madrid. Alberto, que mezcló en su obra elementos de la cultura popular con aportaciones surrealistas, es el autor de la escultura El pueblo español tiene un camino que conduce a una estrella, que en su origen se mostró en el célebre pabellón español de la Exposición Universal de París de 1937 (junto al Guernica de Picasso y otras obras rompedoras de la cultura española en aquel entonces); una copia de esta escultura coronada por un rojo cuerpo celeste puede verse hoy en día justo a la entrada del Museo Reina Sofía, de Madrid. El sueño de Alberto de levantar su Monumento a los Pájaros se truncó por la Guerra Civil, la dictadura y el exilio posterior que le acompañó, pero quizá pueda verse ahora concluido en la España democrática del siglo XXI y establecerse sobre el Cerro Almodóvar, de Vallecas. Ojalá, porque no habría mejor forma de completar en su tierra el anhelo de libertad que perseguían Alberto y sus compañer@s de generación artística.