Confesiones de un ex patriota

¡Ñam, ñam!
¡Ñam, ñam!

«Antes, doctora, tenía un mástil muy alto en el jardín, con una cosa colgando de él. La cosa aquella tenía varios colores y era la admiración del vecindario, pero en sí misma era una lata: con las lluvias de otoño, como las de estos días, no paraba de perder color; la tinta que chorreaba caía sobre los rodondendros y me los ponía perdiditos. Y luego era un coñazo lavarla: cuando la recogía me costaba un huevo doblarla y meterla en la lavadora. ¡No me cabía, doctora! Tuve que comprar una máquina de lavar más grande, con la ilógica inversión en bienes muebles y el consiguiente descuadre de caja. ¿Y lo del viento, qué me dice del viento, doctora? Dios, no dejaba de deshilachar el trapo aquel, y yo venga a remendarlo. Menos mal que me eché una novia de la costa de Lugo que sabía tejer redes y, oiga, aquel romance me permitió que la cosa aquella luciera de lo más apañada, al menos durante el tiempo que duró el lío (que tampoco fue mucho; no hay dios que me soporte, usted ya lo sabe). ¿Y lo de plancharla? Qué pesadez. Las pasaba canutas para dejarla sin arrugas. Era un verdadero tostón la bandera aquella, sí, así que un día dejé de izarla en el mástil. Pero, ya le digo, eso fue antes, cuando tuve aquella fiebre patriótica. Un día se me pasó la vena, de golpe, y no la colgué más. No sé bien qué destino le di al trapo; creo recordar que hice unos manteles para los sobrinos. Ahora uso el mástil para orear jamones y lomos ibéricos, que, ¿sabe usted, doctora?, son patrimonio común de todos los habitantes de esta piel de toro, sin banderas por medio, que son un engorro más que otra cosa. Oiga, ¡el jamón ha salvado más vidas que la penicilina! Llegué a escribirle al presidente para proponerle que se convirtiera una gran loncha de chacina en verdadera enseña nacional, pero, escuche, no me hicieron ni puto caso. Doctora, ¿tiene usted mano con el Gobierno?»

El Zócalo en Madrid

Julieta Venegas
Julieta Venegas

Una entretenida recomendación de ocio y cultura para este próximo fin de semana, para quien pueda y quiera acercarse: «México celebra el Centenario de su Revolución del 18 al 21 de noviembre en la Plaza de España en Madrid, donde durante cuatro días habrá gastronomía mexicana, música y las Rutas de México para recordar los cien años del inicio de la lucha de la Revolución Mexicana», informa Europa Press. «La banda sonora de esta celebración vendrá de la mano de conciertos gratuitos de importantes artistas mexicanos como Julieta Venegas -el sábado a las 13 horas, en su primera actuación en España tras su maternidad- y los grupos Instituto Mexicano del Sonido -domingo, 13:30 horas- y Kinky -domingo a las 16:00-. Además, en la Plaza de España se podrán conocer las propuestas de Rutas de México y disfrutar de una gastronomía considerada Patrimonio Cultural Intangible de la Humanidad. No faltarán los grupos de mariachis y de danza folclórica. El 20 de noviembre de 1910 los campesinos mexicanos, organizados en ejércitos liderados por Emiliano Zapata y ‘Pancho’ Villa, entre otros, se levantaron contra el dictador Porfirio Díaz al grito de Tierra y Libertad. Fue la primera gran revolución social en América Latina y sentó las bases del futuro de México.» En definitiva, un pedazo del Zócalo del DF, trasplantado a la Plaza de España. ¿Tiene buena pinta, no?

Sound people

Afecto
Afecto

Los afectos tienden lazos invisibles entre los seres humanos. Sin su impulso estaríamos desnudos, por más ropa que lleváramos encima. Sentiríamos mucho frío sin una palmada de ánimo, sin un sms de apoyo, sobre todo cuando estás mal… Aunque a veces uno prefiera estar solo, al final da mucho calor saber que hay gente, ahí fuera, que se acuerda, que te quiere, que no estás solo en el mundo, especialmente cuando vienen mal dadas. Y en estos tiempos digitales, cuando una realidad virtual funciona en paralelo a los mundos de siempre, es increíble el calor que se recibe a través de estas nuevas realidades. Afectos para ir llenando las alforjas y recargando las pilas desde que arrancamos nuestro camino en el mundo hasta que damos el último paso. Afecto, que es lo que nos distingue, como humanos, de las bestias. Afecto para vencer la adversidad y espantar el miedo, afecto procedente de la buena gente, de la «sound people», una expresión irlandesa que me acaban de enseñar y que me encanta. Buena gente, gente buena, sound people… a las demás gentes, a las gentes chungas, que las hay, que se queden a solas mascando sus miserias.