Garzón y los torquemadas

Torquemada
Torquemada

Tal día como hoy, pero en 1482, una bula papal nombraba inquisidor a un fraile dominico, Tomás de Torquemada, cuyo nombre quedó asociado para siempre a tan siniestra institución de la historia española: la Inquisición, que se mantuvo viva hasta su derogación oficial en el siglo XIX. Viene esta triste efeméride a cuento del proceso abierto contra el juez Garzón, al que algunos pretenden expulsar de la carrera judicial por pretender investigar los crímenes del franquismo; o sea, por hacer su trabajo; o sea, por buscar la verdad de la también siniestra dictadura, por desenterrar aquel pasado sanguinario que aún yace en forma de esqueletos en muchas fosas y cunetas de esta piel de toro. Un caso contra un magistrado de prestigio internacional, que parte de oscuras querellas presentadas por asociaciones ultraderechistas. ¿Alguien entiende algo? ¿Puede alguien echar un ojo, aunque sea harto desagradable, al féretro de Torquemada, no vaya a ser que haya salido de la tumba y ande paseándose por algún despacho?

La mala educación

Sonrisa
Sonrisa

Hay rostros -rostros duros, caraduras- que temen cuartearse si sonríen al prójimo o simplemente le dicen hola o buenos días. Rostros -rostros duros, caraduras- que nunca dan las gracias por algo, o que miran hacia otro lado si una embarazada entra en el metro: no van a levantarse ellos a ceder su asiento, con la vida tan dura que llevan. Rostros -rostros duros, caraduras- que nunca reconocen el esfuerzo ajeno. Qué lástima. Qué pobreza de alma. Qué mala educación, que se expande como una plaga en la sociedad occidental de nuestro tiempo. Nos hemos vuelto más deshumanizados, y la renuncia a unos principios básicos de educación -que empieza por el mínimo respeto a tu prójimo- es una de las principales señas de esta realidad. A esos rostros duros, caraduras, hay que pedirles un poco de empatía con sus semejantes, aunque ya sepamos que ellos están por encima de estas debilidades y no sienten por qué tienen que saludar, dar las gracias, reconocer el esfuerzo ajeno o ceder el asiento del metro a una embarazada, no vaya a ser que les salgan arrugas en las comisuras de los labios, además de las que sin duda ya tienen en el alma.

Días de fútbol

Balompié
Balompié

«Ahora hay fútbol todas las noches y a mí, que me resulta indiferente, me hace preguntarme por el embrujo que ejerce este deporte sobre la gente. En todas las teles, en todas las radios, fútbol y más fútbol. Pienso sobre este asunto y me acuerdo de mi ex marido, que sólo tenía cabeza para pensar en el equipo de sus amores, mientras que a mí no me hacía ni caso. Fue uno de los motivos para dejarle. Me lo pensé mucho antes de volver a vivir en pareja, que ya saben ustedes que siempre puede ser un riesgo para la salud, pero al final me enamoré -nos enamoramos- y estoy muy a gusto con mi compañero actual. Después de mi experiencia anterior, a esta situación de bienestar ayuda que a mi amor de hoy en día el fútbol le dé igual: de hecho, mi actual esposo tuvo un jefe que no veía normal que no disfrutara con el balompié; solía preguntarle si es que tenía una tara física o un trauma de la infancia que explicara su desapego al mundo del esférico. Yo tara física no le veo -me conozco muy bien la geografía de su cuerpo-. Respecto a lo del trauma… el atlas de su alma me resulta más recóndito y, total, ¿quién no acumula algún trauma a estas alturas de la vida?»