¡Feliz zambullida!

El nadador de Paestum
El nadador

Año tras año se repite la liturgia: guardar la agenda vieja, comprar una nueva; repasar el año que termina, aventurar cómo serán los doce meses -inmaculados- que se presentan por delante. El tiempo no espera por nadie, y mi deseo ante el nuevo 2010 es disponer del suficiente para gastarlo en procurar la felicidad de la gente que quiero. Decía López Aranguren -objeto de una exposición retrospectiva este 2009- que el tiempo se nos escapa “precisamente, paradójicamente, porque corremos tras él”. Pues bien, mi deseo es que tengamos -yo y quienes lean estas líneas- tiempo para lo verdaderamente importante. En estos momentos en los que 2010 es ante todo un horizonte de posibilidades, zambullámonos en sus aguas -como el nadador del enigmático fresco de la colonia griega de Paestum (Italia), que parece arrojarse con entusiasmo a lo desconocido- y disfrutemos  del porvenir. ¡Feliz Año Nuevo!

Plácido en versión Rajoy

Plácido, de Berlanga
"Plácido"

Pudo ocurrir así, según un testimonio que no es real, pero pudo serlo (se non è vero, è ben trovato): “Vino al comedor social un señor que suele salir en la tele. No, no era papá noel, ni un rey mago. Tenía barba, eso sí, y la voz como acorchada. Y se puso a servirnos cocido como un loco. ¡Hala! Ya hizo la obra de caridad anual a la que es de suponer que le obliga su preceptor espiritual”. En efecto, debió de pensar Rajoy, “mejor no sentar un pobre a la mesa navideña de los ricos (como en la clásica película Plácido, de Luis García Berlanga), que luego te lo dejan todo perdido, ¿oyessss?;  es preferible acercarse al comedor social de turno, que así nos hacen una foto. Una vez al año no hace daño; los otros doce meses podemos encomendarnos a Dios para seguir pidiendo que esta crisis económica no se resuelva. Es más, nosotros, Los De Siempre, no tenemos de hecho ganas ninguna de que se arregle, a ver si así arrebañamos unos votos más entre los platos y la desesperación de la gente que tiene que acudir al comedor social”. Esto tiene un nombre, que quedaba muy claro en la obra de Berlanga: hipocresía.

Amor por el centrifugado

Caballito de tiovivo
Caballito de tiovivo

Qué estampa tan dichosa la de ver a los niños y niñas subidos en alguno de los tiovivos que estos días de fin de año se instalan en las plazas de la ciudad, pasándoselo en grande dando vueltas sin parar una y otra vez, en una felicidad infinita. La diversión de rodar por rodar en el carrusel, que en inglés se llama, con acierto, merry-go-round (algo así como “la alegría da la vuelta”, en una traducción libre). ¿Anidará en alguna parte de nuestro ADN esta querencia por los centrifugados? Luego crecemos, pero nos sigue gustando el movimiento, el viaje, la búsqueda de algo distinto, de pastos que tengan diferente verdor: no en vano somos una especie trashumante.