La difícil sencillez

Manos de Delibes
Manos de Delibes

«Yo siempre he dicho que soy un hombre sencillo que escribe sencillamente», decía el autor. Se ha ido Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010), uno de los grandes de la literatura española, creador de novelas y de personajes imborrables (cómo olvidar al Azarías de Los Santos Inocentes, llevada al cine por Mario Camus, con su «milana bonita»). Quienes glosan su figura y su obra suelen destacar un rasgo de su creación literaria -aparte de coincidir en muchas de las virtudes que acompañaban al novelista y a la persona-, que comparte también cualquiera de sus lectores: la sencillez de la prosa de Miguel Delibes. La difícil sencillez, agrego yo, que al final resulta lo más complicado de conseguir para quien se dedica al oficio de las letras. La complejidad de escribir con sujeto, verbo y predicado, sin artificios, y pretendiendo dar respuesta, o no, a alguno de los grandes interrogantes que nos acompañan desde que venimos a este mundo: el sentido de la vida, la muerte, el sexo, el misterio del amor.

La maqueta

Maqueta
La maqueta

«Contemplo desde los ventanales de mi despacho, en la planta 33 de un edificio al suroeste de esta capital, el bullir de las calles en esta tarde soleada, la ciudad postrada decenas de metros más abajo, como una miniatura. Tras un rato de ensimismamiento, los ojos se me van luego hacia una maqueta real de otra ciudad en la que viví hace muchos años; la encontré tirada en el despacho de una compañera. Estaba algo mutilada y llena de polvo, la rescaté y aquí la tengo, al lado del ordenador, de pisapapeles, para que no vuelva a extraviarse. Me imagino las minividas de las gentes en esta maqueta: el ir y venir de Antón al periódico, el camino que Helena seguía para asistir a las clases del instituto, la ruta que hacía la señora Uxía para comprar en el mercado quesos de nabiza y lacones; tiempo ha. Vuelvo la mirada hacia las cotizaciones del Dow Jones y del Ibex 35 de la pantalla; qué apasionante. Y los ojos se distraen de nuevo con la maqueta: creo haber entrevisto una luz encendida en una casita del centro, al lado de la catedral; sí, es una estudiante que se aplica sobre los libros; y de otro edificio de la calle de la Reina me sube un olor a bizcocho recién hecho. Lo único que le falta es que la riegue un poco; este despacho tiene el climatizador a tope, el ambiente está muy reseco y esta maqueta debe añorar las lluvias de la ciudad que representa. Quizá la riegue, sí, y le pinte algún tejado de colorines, para alegrar el gris.»

Confusión alfanumérica

El móvil
El móvil

«Mi empresa me cambió el móvil corporativo, como se dice ahora, y durante los primeros días anduve feliz. Es de estos modernos, muy chulos, con una tocha pantalla táctil, que puedes toquetear permanentemente con un lapicerito o ¡ayyyy! con las yemas de los dedos; qué excitante. Sólo le faltan dos cosas al/la pobre: hablarme al oído, motu proprio -susurrarme mejor-, y dominar alguna especialidad repostera: la crema pastelera, por ejemplo. Anduve feliz, repito, sobre todo porque el recién estrenado cacharro, a diferencia del teléfono anterior, no me daba mucha lata. Apenas sonaba a horas intempestivas, ni me sobresaltaba con eseemeeses inoportunos de mis superiores, con órdenes imposibles e incluso contradictorias. Hasta que descubrí que algo funcionaba mal en el aparato, y mi actual mujer se agarró un gran mosqueo, porque desde el nuevo terminal le llegaban llamadas mías que yo juraría no haber hecho, con conversaciones extravagantes de fondo. Y pasadas novias también se alarmaban (o se alegraban, depende) al recibir llamadas que yo tampoco creo que quisiera hacerles. Antes de que la confusión fuera a peor, por fin se descubrió que el origen de todo el jaleo estaba en un  equivocado código alfanumérico que portaba el móvil, y que detectó a tiempo un informático de mi empresa. Ahora estoy pendiente de que ese informático tan avispado le pueda hacer un chequeo a mi mente, porque yo creo que también arrastro algo raro en mi propia configuración alfanumérica.»