El encorvamiento

Planeta Tierra
Planeta Tierra

«Leí la otra noche en el periódico que la energía desencadenada por el último, terrible terremoto, de Chile, con una magnitud de casi nueve grados, había desplazado el eje de la Tierra alrededor de ocho centímetros e incluso acortado los días. A lo tonto, con la lectura de ese artículo me di cuenta de repente del motivo de este mi encorvamiento, ahora que llevo tantos años sobre este planeta. Desde que me nacieron, hace ya demasiados años, mi vida ha ido experimentando seísmos, cataclismos… hasta tsunamis, a lo largo de su devenir. Como resultado, el eje de mi humilde existencia humana ha ido desplazándose, escorándose, desde la alegría a la infelicidad, desde la plenitud a la pesadumbre, en una ciclotimia permanente. Sin necesidad de ir al médico, ahora lo entiendo todo. Así que golpe a golpe de la vida -y no verso a verso que cantaría Serrat inspirándose en Machado– mi ser se ha ido virando. Si sigo esta progresión degenerativa, llegará un día en el cual el eje de mi cuerpo habrá dado un giro de 180 grados; ya no le falta mucho. Culminado ese vuelco, ese punto de no retorno, andaré con la cabeza y pensaré con los pies. ¿O no lo estaré haciendo ya?»

Cefaleas espectaculares

Castillos en el aire
Castillos en el aire

«Se presenta Cleofás Cista, doctor; para servir a Dios y a usted. Necesito algún tratamiento. Vengo revirado, con la cabeza a vueltas, a punto de reventar por las costuras (y me disgustaría mucho mancharle este mobiliario tan fino con mis feos sesos). El problema es el siguiente. Durante los últimos años -antes de la crisis, claro- me hinché a pedir créditos, que ya sabe que hace un tiempo se daban con una alegría pasmosa: para un coche que apenas usaba, para un apartamento que visitaba dos veces al año, para cambiar de casa, para irme de vacaciones, para la comunión de los hijos… Un endeudamiento sin fin que me permitió levantar castillos en el aire con gran facilidad. ¿Y sabe qué me ha pasado ahora? Que vivo asfixiado, no puedo más, me falla el riego sanguíneo en el cerebro y encima mi mujer me ha pedido el divorcio, por insoportable. Ya ve, el castillo se me ha caído encima y los cascotes me han machacado el cráneo, generándome esta terrible migraña. Y, ¿de quién es la culpa de todo esto que me ocurre? Del maldito Gobierno, claro. ¿Alguna aspirina, entonces, o mejor me corta usted la cabeza y termina con mi mal? Póngame a los pies de su señora.»

Muerte y romanticismo

Larra
Larra

Lo más desasosegante del recién reinaugurado Museo del Romanticismo de Madrid (antiguo Museo Romántico) es la presencia de la muerte entre los oropeles, que nos recuerda el destino trágico que corrieron muchas figuras adscritas a este movimiento de finales del XVIII y primera mitad del XIX. El museo, sito en una bella casa palacio (C/ San Mateo, 13) del siglo XVIII en el centro de esta gran, extraordinaria metrópoli, cuelga en sus muros lienzos de interés -un goya entre ellos-, exhibe refinados objetos suntuarios que recorren las artes decorativas de un par de siglos y… pistolas. Armas de fuego que fueron las que pusieron fin a la vida de más de un romántico atribulado, como ocurrió con uno de los grandes literatos del XIX, el escritor y periodista romántico Mariano José de Larra. Todo ello se muestra en este renovado museo, que esconde en su interior un recoleto jardín con un impresionante magnolio que promete ser un agradable oasis de paz en los meses calurosos, un patiejo en el que repasar alguna de las grandes crónicas de Larra, El pobrecito hablador como gustaba de motejarse, que se pegó un tiro con uno de los pistolines expuestos en este palacio. Sólo tenía 27 años.